sábado, 17 de enero de 2009

Cien libros de mitología para jóvenes (1912-2002)

Antonio R. Navarrete Orcera

Este trabajo forma parte de otro más amplio, que con el título de “Manuales de mitología en España (1507-2002)” aparecerá próximamente en la revista de actualización científica Tempus (Madrid). Para esta ocasión hemos hecho una selección de aquellas obras destinadas específicamente para los jóvenes o que tienen un carácter más divulgativo; en cuanto al tiempo, nos hemos limitado al siglo XX y lo que llevamos del XXI (90 años) por la utilidad que pueda reportar. Llegar al centenar, aunque parezca sorprendente, no ha sido difícil, teniendo en cuenta la eclosión de publicaciones mitológicas en los últimos diez años, sobre todo. Para una mayor información de este período y los anteriores remitimos a nuestro citado trabajo, que recoge más de 350 reseñas.
Ya desde el siglo XVIII se siente la necesidad de escribir tratados mitológicos para la educación de la juventud, que, por un lado, pretenden prevenirla contra la falsedad de los dioses paganos y, por otro, revelar la utilidad de la mitología para el conocimiento de la literatura y las artes. Esta finalidad moral se afianza en el siglo XIX, donde encontramos más de 20 manuales (recientemente se han reeditado dos: v. los núms. 56 y 83), que no siempre adoptan el estilo apropiado para sus destinatarios y condensan en pocas páginas los acontecimientos con un lenguaje para adultos. En claro contraste, por la misma época en el mundo anglosajón (Bulfinch, Kingsley, Hawthorne) se hacen recreaciones juveniles que exaltan los valores poéticos e imaginativos de la mitología clásica, que son los que van a dominar en épocas posteriores, en nuestro país también.
Centrándonos en nuestra lista, aclaremos que analizamos libros publicados en España (alguno hay en París, pero de autor español) y escritos en español (o lengua autonómica) tanto por autores españoles como extranjeros traducidos, siendo la proporción muy equilibrada: 50 y 50, respectivamente. Por ciudades de edición, dominan Barcelona con 46 títulos y Madrid con 38. Por décadas, en cambio, el volumen publicado es desigual: sólo a los últimos doce años corresponden 59 títulos. En cuanto al contenido, lo habitual son los tratados que abarcan la mitología completa, pero también son frecuentes las recreaciones parciales o las adaptaciones de obras clásicas, como la Ilíada, la Odisea o las Metamorfosis; incluimos también algún diccionario. En todos los casos, veremos ilustraciones, que son el lógico complemento a obras de este tipo.
Con este trabajo, en fin, confiamos en que el profesorado de lenguas clásicas disponga de un instrumento válido en su tarea –que no es nada fácil- de aconsejar al alumno, por ejemplo, la lectura de un libro de mitología clásica.

1. M. Ciges Aparicio y F. Peyro Carrió, Los dioses y los héroes: mitología popular: oriental, greco-romana, escandinava, celto-ibera, americana, Madrid, Daniel Jorro Editor, 1912, 663 pp. Se dedica fundamentalmente a la mitología clásica (pp. 49-598). Aunque los autores advierten en el prólogo que no pretenden ser eruditos, pues se dirigen al gran público, la información no puede ser más completa. Es deudor de manuales del siglo anterior, y del mismo Boccaccio, podemos decir, pues arrastra todavía al personaje ficticio de Demogorgón. Incluye numerosos dibujos de Flaxman y algunas reproducciones de relieves o esculturas clásicas.

2. Paola Fumagalli, Narraciones mitológicas, Barcelona, Montaner y Simón, 1923, 127 pp. Viñetas de Antonio Moroni y cromotipias de Ramón Capmany. Prólogo de Arturo Masriera. Es un libro dirigido a niños, de gran calidad. Está narrado como un cuento, con diálogos, y contiene un mensaje moral. Se reúnen 8 leyendas: Deucalión y Pirra, Faetonte, Psiquis, Plutón y Proserpina, Eco y Narciso, Perseo, Medea y Tántalo.

3. Carles Riba (1893-1959), La leyenda de los dioses, Barcelona, Muntañola, 1923. Las genealogías iniciales, que tan confusas aparecían en manuales anteriores, están muy bien explicadas. Consta de las siguientes partes: los orígenes, el Olimpo, meteoros celestiales, divinidades del mar, de la tierra (Baco), otras divinidades agrestes, el infierno. No incluye a los héroes. Los dibujos son muy atractivos para jóvenes. Es autor también de Poemas homéricos: las aventuras de Ulises, Barcelona, Muntañola, 1920, 47 pp.

4. Mario Meunier (1880-1960), La leyenda dorada de los dioses y de los héroes, Madrid, Aguilar, ¿1925?, 299 pp. Es una recreación muy amena, como un cuento, en 20 capítulos, de la mitología griega (comenzando por el Olimpo); se estudian siete héroes: Heracles, Teseo, Cadmo y Edipo, Sísifo, Glauco y Belerofonte, Perseo, los Argonautas, Dédalo e Ícaro. La guerra de Troya la tratará en otra obra posterior, Leyendas épicas de Grecia y Roma (Madrid, Aguilar, ¿1928?, 368 pp.), en la que abarca el ciclo completo y de hilo conductor le sirven las obras clásicas: Ilíada, Odisea y Eneida. En 1981 se reedita esta última obra como Leyendas de la antigua Grecia: Troya (Barcelona, Editorial Pomaire, 167 pp.), pero limitándose sólo a la guerra en sí, desde el juicio de Paris hasta la caída de la ciudad; contiene 17 grabados de Flaxman.

5. Estudios elementales de Mitología: 2ª, 3ª y 4ª clase, Barcelona: Librería Católica Internacional, 1926, 136 pp. Está dividido en tres partes: dioses de primer orden (pp. 9-51), divinidades de segundo orden (pp. 52-59) y semidioses y héroes. Hace también una interpretación teológica de la mitología: las fábulas se fundan en las sagradas escrituras, que poco a poco los descendientes de Adán y Noé fueron alterando. Introduce citas textuales de la Eneida y, sobre todo, de la Ilíada.

6. Fernán Caballero (1797-1877), La mitología contada a los niños é historia de los grandes hombres de la Grecia, Madrid, Apostolado de la Prensa, 1926. Esta obra ha tenido numerosas reediciones desde la primera de 1867 (1873, 1878, 1888, 1908; la última, que sepamos, es de 1943). Contiene tres partes: mitología (pp. 22-116), historia de los héroes y semidioses de los griegos (pp. 119-162) e historia de los hombres célebres de Grecia. En el capítulo primero la autora anima a los niños a la lectura: “Las cosas que en la niñez se aprenden no se olvidan nunca”. Sigue la interpretación moral a rajatabla: “La mitología es tan disparatada (hasta criminal) que habría caído entre nosotros los cristianos en el olvido y desprecio que merece, á no ser porque la embellecieron los afamados poetas griegos y latinos, cantándola, y los excelentes artistas atenienses con sus obras maestras”. Contiene 100 grabados, algunos tomados de pinturas famosas.

7. Claudio Santos González, Dioses, semidioses y héroes de la mitología griega y romana, París, Cabaut y Cía, Editores, 1926, 234 pp. y 40 grabados de obras clásicas y pinturas modernas de museos famosos. Es un libro destinado a los jóvenes, claro y bien estructurado. Trata fundamentalmente de los dioses; no incluye la guerra de Troya por estar más cercana de la historia. Al final de cada capítulo hay notas que añaden más información.

8. Jean Richepin, Nueva mitología ilustrada documentada y artística, literaria, Barcelona, Montaner y Simón, 1927 (2 vols.), 428 y 454 pp. En México se publica una 2ª edición en 1951-1952, 2 vols. también Es una obra monumental en tamaño y contenido. La exposición es muy clara y documentada, basada en fuentes de primera mano, y merecería una reedición. El volumen primero consta de 13 capítulos, que son pequeñas monografías, subdivididas en numerosos epígrafes, y el segundo de 12, dedicados fundamentalmente a los héroes, que se agrupan genealógicamente. Las ilustraciones es otro de los atractivos de este libro: casi 1000 (101 láminas en color), repartidas por todo el texto y procedentes de obras de arte clásicas y modernas (algunas desconocidas).

9. J. Humbert, Mitología griega y romana, Barcelona: Gustavo Gili, 1928 (2º reimpr. 1943..., 21ª reimpr. 1997), 311 pp. Ha sido el manual de mitología en el que nos hemos iniciado muchas generaciones. Es completo, ordenado y de fácil lectura. En el prefacio se nos dice que está destinado para juventud, a la que una asignatura de mitología les sería muy útil en sus estudios de arte y literatura. Sigue la interpretación alegórica y moralizante de la mitología, propia de la época, pero sin abusar de ella. Fruto de ella es la supresión de determinados episodios (castración de Urano, antropofagia de Cronos, lucha por el poder: en general, la información de los primeros capítulos es confusa), la reducción de otros (Hipómenes y Atalanta, Céfalo y Procris, final de la historia de Erígone, elisión del motivo del rapto de Ganimedes. En la exposición de héroes no hay criterio genealógico o cronológico. Contiene 150 grabados.

10. Luis de Oteyza, Los dioses que se fueron. Mitología, Madrid, Compañía Ibero-Americana de Publicaciones (Renacimiento), 1931 (2ª ed.; 1ª ed. 1929), 274 pp. Está dividido en 58 capítulos, dedicados en su mayor parte a los dioses olímpicos y a otros seres mitológicos inferiores; a los heroes, en cambio, se dedican pocos: Hércules, Cástor y Pólux, Helena, Aquiles y Eneas. Utiliza un lenguaje muy coloquial, irónico a veces, con alusiones a la actualidad. Se muestra deudor del manual mitológico de Escosura.

11. Alejandro Casona, Flor de leyendas, Madrid, Espasa-Calpe, 1933, 194 pp. Esta obra ha tenido muchas reediciones: en Aguilar, Espasa-Calpe (la 10ª es de 1994) y en México otras. Es una adaptación para niños de algunas obras clásicas de la literatura universal, que obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1932. De los griegos adapta la Ilíada en “Héctor y Aquiles”, que se ajusta al original en contenido y estilo. Cf. Mª Pilar Hualde Pascual “‘...Soñaba con los héroes de la Ilíada’: la obra de Homero en la literatura infantil española de tema clásico (1878-1936)”, Estudios Clásicos 118 (2000), pp. 69-92.

12. Santos Coco, Leyendas clásicas, Barcelona, Tipográfica-Catalana J. Pugés, 1952, 254 pp. Es una aportación claramente filológica, y más exactamente latina, realizada por un profesor de latín. Divide la obra en tres partes: 1) la religión y dioses de los griegos (pp. 13-64), 2) leyendas mitológico-históricas de los griegos (pp. 65-202), que incluye extensos textos de obras latinas, como el canto II de la Eneida, y 3) leyendas históricas romanas: Horacios y Curiacios, Lucrecia, Virginia, Androcles y el león.

13. Gustav Schwab, Las más bellas leyendas de la antigüedad clásica, Barcelona, Editorial Labor, 1952 (sucesivas reimpresiones), 792 pp. La revisión de textos griegos y latinos es de Eduardo Valentí. Incluye el prólogo del autor de 1837, en el que dedica esta obra, fruto de veinte años de trabajo y experiencia, a la juventud. Es una excelente y completa recreación literaria de los mitos griegos, que ha gozado de éxito desde que se editó por primera vez. Consta de cinco partes: 1) metamorfosis y leyendas menores (mitos breves, Argonautas, Hércules, los heráclidas, Teseo, Edipo, las guerras de Tebas), 2) las leyendas de Troya, 3) los últimos Tantálidas, 4) la Odisea, y 5) Eneas. La edición española añade un apéndice, “Mitología y Teogonía”, de Julius Wolf (pp. 761-778). Se ha reeditado parcialmente como Dioses y héroes de la mitología griega, Barcelona, Editorial Juventud, 2000 (2ª ed. 2001), 249 pp: sólo se recoge dos capítulos: “Metamorfosis y leyendas menores” (pp. 15-147) y “Jasón y los argonautas” (pp. 148-249), pero la editorial piensa publicar la obra completa en entregas sucesivas. Hay algún error, como presentar a Ágave como hermana de Baco en lugar de tía, que no sabemos si procede del original o de la traducción. En esta nueva edición se han suprimido las notas, que no figuraban en el original de Schwab; las ilustraciones son también nuevas.

14. Emilio Gascó Contell, La mitología contada con sencillez, Madrid, Escelicer, 1958, 307 pp. La segunda edición, aumentada y corregida, es de 1965, con 442 pp. Trata tres mitologías: india, griega, islámica; a la griega dedica las pp. 161-234 y a la romana 235-44. Es una obra de divulgación, muy completa en información. La parte de los héroes es la más breve: Hércules, Teseo, Edipo, Cadmo, Meleagro, Argonautas, Orfeo. Al final hay un pequeño vocabulario.

15. Otto Seeman, Mitología clásica ilustrada, Barcelona, ed. Vergara, 1958, 639 pp. Traducción de Eduardo Valentí. El contenido, muy completo, está dividido en 27 capítulos y éstos, a su vez, en apartados, La versión española incorpora 547 reproducciones de obras pictóricas, escultóricas, cerámica, mosaicos y arquitectura, comentadas –algunas- y seleccionadas por el historiador del arte, Carlos Cid.

16. Esteban Molist Pol, Enciclopedia de la mitología, Barcelona, De Gassó Hnos, 1959, 344 pp. Agrupa las mitologías en dos grandes apartados; al primero y más amplio (pp. 15-199), “las grandes mitologías mediterráneas”, pertenecen la griega y romana, estudiadas conjuntamente. La materia se expone con detalle en tres capítulos: dioses del panteón, dioses menores y héroes. Es un libro muy completo. Termina con un vocabulario de los personajes principales. En 1966 se publica una nueva versión como Dioses, héroes y hombres: una enciclopedia de la mitología, Barcelona, Círculo de Lectores, 336 pp.

17. Rafael Ballester Escalas, Leyendas heroicas de la antigua Grecia, Barcelona, Mateu (col. clásicos cadete), 1960, 235 pp. Rafael Ballester es el autor de la traducción, adaptación y notas. Es una adaptación El viaje de los argonautas de Apolonio de Rodas (pp. 11-153), completada con otras leyendas. Se narra como un cuento y se reflexiona siempre sobre los mitos. Contiene ilustraciones.

18. Noel Clarasó, El Amor de los dioses y de los héroes, Barcelona, Aymá DL, 1961, 251 pp. Este es el primer tomo de una serie de tres sobre las más bellas historias y leyendas de amor. Se recogen los amores más conocidos de la mitología clásica (21). La recreación es libre y es de lectura agradable. El autor afirma haberse basado en la Teogonía, Los trabajos y los días, Ilíada, Odisea y tragedias de Esquilo. Contiene 29 litografías de Juan Palet.

19. Antonio C. Gavalda, Dioses, héroes y monstruos, Barcelona, Editorial Mateu, 1962, 318 pp. Es, fundamentalmente, una historia de la mitología griega (a la romana dedica las 10 últimas páginas), expuesta de forma muy completa y amena. La procedencia del campo del derecho del autor le da más mérito a la obra. La introducción está bien documentada. Incluye 10 ilustraciones de John Flaxman y 18 láminas en blanco y negro de cuadros mitológicos. Es autor también de un Diccionario mitológico, Barcelona, Sintes, 1962 (2ª ed.), 427 pp.

20. Ramón Conde Obregón, La Ilíada, Barcelona, Instituto de Artes Gráficas (col. Auriga), 1963, 266 pp. Se han hecho muchas reediciones de esta obra en distintas editoriales: Ediciones Alfha Internacional, Rialp (14ª ed., 2000). El autor, adaptador de obras famosas de la literatura, hace una fiel adaptación de la Ilíada en 73 capítulos (precedidos siempre de un resumen), que permiten seguir con facilidad el hilo de la acción. La narración, que en su mayor parte es dialogada, es clara y concisa. Tiene ilustraciones en color.

21. Luis R. Cordova Arvelo, Mitología griega y romana: sus leyendas y metamorfosis, Madrid, Ograma, 1963, 245 pp. Tiene un prólogo de José María Pemán. Dividida en seis capítulos, recoge lo primordial de la mitología: preliminares, dioses superiores, semidioses (Baco, Hércules, Perseo), dioses secundarios (aquí incluye a los restantes héroes), leyenda de la guerra de Troya y varios (siete maravillas y simbolismos). La obra, redactada en un estilo muy ameno, está dirigida a la juventud de España e Hispanoamérica.

22. Antonio Jiménez-Landi, Leyendas griegas, Madrid, Aguilar (col. El globo de colores. Mitos y leyendas), 1964, 76 pp. Es una ajustada y completa recreación de cuatro mitos: Prometeo, Perseo y Andrómeda, los trabajos de Hércules y los argonautas. En Hércules, el más amplio (pp. 23-62), se narra también la Gigantomaquia. Desmejora mucho la transcripción de nombres propios. Contiene ilustraciones.

23. José Repollés, Las mejores leyendas mitológicas, Barcelona: Bruguera, 1969. No hay introducción y recoge varias mitologías. A Grecia le dedica la mayor parte (pp. 93-234). Distribuye el material en cinco capítulos: dioses principales, divinidades secundarias, héroes y semidioses, otros personajes famosos, y leyendas populares griegas. Comienza con Zeus, saltándose lo anterior. A Hércules lo describe con detalle (pp. 157-70); a veces dramatiza. En 1999 se hace una reimpresión en Barcelona, Óptima, 1999, 412 pp.

24. Clément Borgal, 15 leyendas de la mitología, Bilbao, Editorial Fher, 1973. Es una recreación juvenil, que unas veces novela y otras dramatiza las historias, de forma amplia. La selección es ésta: Prometeo, Deucalión y Pirra, el rapto de Europa, Baco, el rapto de Proserpina, Orfeo, Jasón, Perseo, Belerofonte, Melampo, Tetis y Peleo, Diomedes, Filoctetes, Circe y Psique y Cupido.

25. Edith Hamilton, La Mitología. Grecia, Roma y norte de Europa, Barcelona, Ediciones Daimon, Manuel Tamayo, 1976, 348 pp. Consta de siete capítulos: 1) los dioses, creación y tiempos heroicos, 2) relatos de amor y aventura, 3) los grandes héroes anteriores a la guerra de Troya, 4) los héroes de la guerra de Troya, 5) las grandes familias mitológicas, 6) los mitos de menor importancia y 7) mitología nórdica (pp. 303-314). Recrea las escenas combinándolas con la cita de autores clásicos, que comenta al inicio de cada apartado. El mito de Psique está muy bien narrado, como en general todos.

26. Antonio J. Onieva, Mitología, Madrid, Paraninfo, 1976, 211 pp. Estudia cuatro mitologías: griega (a la romana dedica sólo unas páginas), egipcia, india y escandinavo-germana. La griega (pp. 17-150) es la más amplia. La obra está dedicada a los jóvenes. Hay numerosas notas alusivas al arte y comentarios de cuadros del Museo del Prado: no en vano es autor también La Mitología en el Museo del Prado (1972).

27. Fernando Díaz-Plaja, Mitología para mayores, Barcelona, Plaza y Janés, 1978, 228 pp. Lo de mayores tal vez aluda a las ilustraciones (16, en blanco y negro) con desnudos, pero, en realidad, es una curiosa aportación, en clave de humor, de este prolífico autor al campo de la mitología. Comenta muy bien, con atinados toques psicológicos, los principales episodios de la mitología (20); se sirve de textos de autores clásicos y renacentistas y de algunas obras de arte. El autor escribió también Un corresponsal en la guerra de Troya (1975).

28. Blas Carmona, Dioses y héroes griegos, Barcelona, Labor (bolsillo juvenil), 1980 (6ª ed. 1996), 113 pp. En ocho capítulos cuenta los acontecimientos principales de la mitología griega: tres a los dioses y cinco a los héroes (Heracles, Jasón, Teseo, Edipo y rapto de Helena –no incluye la guerra de Troya). Está destinada a los más jóvenes, a partir de 10 años. Las ilustraciones (17) están extraídas de la cerámica. Como complemento de este libro, la editorial Labor publicó otro sobre Leyendas de Grecia y Roma, Barcelona, Labor, 1987, 124 pp.

29. Jesús V. Rodríguez Adrados, Dioses y héroes: mitos clásicos, Madrid, Salvat (col. Temas Clave), 1980 (reimpr. 1983, 1984), 64 pp. Es difícil decir tanto y tan bien, y luego ilustrarlo, como lo hace el autor de este libro. Tras una introducción sobre el significado del mito, hace una referencia las fuentes literarias de la mitología clásica (incluye cuadros genealógicos) y luego pasa al estudio de los dioses y héroes, de forma equilibrada. Los dos últimos capítulos los dedica a otras mitologías. Tiene 101 ilustraciones en color, extraídas de la pintura y escultura de todas las épocas.

30. Menelaos Stefanides, Mitología griega. La batalla de los titanes: Urano-Cronos-Zeus, Palas Atenea, Poseidón, Hestia, El mito de Perséfone: Deméter-Artemisa, Apolo y su lira: Apolo-Hermes, El trono de oro: Hefesto-Ares, La música de los dioses. Barcelona, Artes Gráficas Cobas, 1981, 32 pp. cada volumen. Es una colección de seis cuentos, en los que se recrea de forma atractiva la mitología. Cada tomo trata de dos a tres dioses. El contenido se mantiene fiel a las fuentes clásicas. Las ilustraciones, obra de Yannis Stefanides, son también muy atractivas, a color y una por página. La editorial ya no existe.

31. Anisia Miranda, Mitos e lendas da vella Grecia, Sada-A Coruña, Ediciós do Castro, 1983 (2ª ed. 1985), 136 pp. Es una reedición en gallego de Mitos y leyendas de la antigua Grecia que la autora cubana publicó en La Habana en 1966. Pretende iniciar a los más jóvenes en el estudio de la mitología. Se compone de una introducción general y tres capítulos: divinidades del Olimpo (se parte de Zeus), otras divinidades y leyendas (Orfeo y Eurídice, el hilo de Ariadna, Aracne, trabajos de Hércules, Apolo y Dafne, Ulises y Penélope, Prometeo. La exposición, a base de descripciones generales, es clara. Incluye ilustraciones de corte clásico y un vocabulario de nombre propios.

32. Michael Gibson, Monstruos, dioses y hombres de la mitología griega, Madrid, Anaya, 1984 (15ª reed. 1999), 154 pp. Hay versiones gallega y catalana. Es una buena recreación de los mitos y leyendas griegas más famosas. El estilo, más narrativo que dialogado, tiene toques literarios, sin pretender alejarse de las fuentes clásicas, como revela las citas que inserta el autor, arqueólogo de afición, al final de cada capítulo. La selección de mitos es muy equilibrada: 14 de dioses y 14 de héroes y personajes de leyenda, explicándose siempre los antecedentes de cada situación. Las ilustraciones en color (22) son fascinantes y los dibujos en blanco y negro (30) que encabezan cada capítulo son del arqueólogo Giovanni Caselli.

33. Robert Graves, Los mitos griegos, Barcelona, Ariel, 1984 (9ª ed. 2001), 249 pp. Es un resumen de la obra que con el mismo título ha publicado en Alianza Editorial en dos tomos. Divide el contenido en siete capítulos: En el principio, Los dioses olímpicos, Sobre héroes, dioses y hombres, Minos y Teseo, Tebas y Micenas, Heracles, Los argonautas y Medea. Falta la guerra de Troya. Aunque esta obra ha gozado de mucho éxito, no es la más adecuada para iniciar a la juventud en el conocimiento de la mitología, pues trata de conciliar muchas versiones para dar mayor cantidad de datos, pero no se distingue entre lo que es interpretación, recreación e información; y esto mismo impide reconocer las fuentes en las que se basa nuestra tradición clásica.

34. Kerry Usher, Emperadores, dioses y héroes de la mitología romana, Madrid, Anaya, 1984 (10ª ed. 1999), 132 pp. No sólo se tratan episodios de mitología, sino también de la historia antigua de Roma, que resultan tan atractivos como los primeros. El núcleo de la obra lo constituyen la narración de la Eneida de Virgilio (pp. 32-79), tan poco recreada en nuestro país, y las historias de héroes romanos, extraídas de Ab urbe condita de Tito Livio (pp. 80-115). Al principio hay unos capítulos sobre los dioses genuinos romanos, y al final otros sobre episodios mitológicos acaecidos en Italia (Hércules y Caco, Cástor y Pólux, Vertumno y Pomona, Pico y Canente). Las ilustraciones en color (18) son igual de fascinantes que las del libro anterior.

35. Enrique Ortenbach, La Orestíada, Barcelona, 1984, 89 pp. Es una versión de la trilogía trágica del mismo título de Esquilo, que se divide también en tres partes: Agamnón, Las Coéforas y Las Euménides. Mantiene también la forma dialogada. Los 10 dibujos de Rosa Cortés están muy bien ambientados. Termina con un mapa de Grecia y un índice de algunos nombres.

36. Josep Vallverdú, El hijo de la lluvia de oro, Barcelona, La Galera, 1984 (3ª ed. 1995), 147 pp. El autor, versado en literatura infantil y juvenil, consigue recrear el mundo mítico de los griegos con maestría y coherencia. Parece muy apropiado para niños que se inician en el tema. Consta de 17 capítulos: los dos primeros se desarrollan en Argos, los seis siguientes, la parte más extensa, se dedican a la estancia en la isla de Sérifos, en los cuatro siguientes se narra el viaje; en el cap. 13 mata a la Medusa, en el 14 encuentro con Atlas, en 15-16 con Andrómeda (no utiliza a Pegaso; ampliamente desarrollada la escena con Fineo) y en el 17 el desenlace. Las ilustraciones (16 dibujos en blanco y negro) aumentan el atractivo de la obra.

37. Robert Graves, Asedio y caída de Troya, Barcelona, Lumen, 1985, 132 pp. En trece capítulos se narran todos los pormenores, de forma clara y divertida, de la guerra de Troya, desde la fundación de Troya y juicio de Paris hasta el regreso de los griegos a su patria, dedicando el capítulo trece a los viajes de Ulises, con lo que se completa el ciclo épico. En 1998 se reedita como La guerra de Troya, Madrid, Unidad Editorial (biblioteca El Mundo), 95 pp., pero sin prólogo, dibujos e índice de nombres propios, y con traducción nueva.

38. Carlo Montella, La Ilíada y la Odisea, Madrid, Montena-Mondibérica, 1986, 156 pp. Es una recreación completa de la guerra de Troya, que sigue fielmente la Ilíada y la Odisea, y la Eneida para los episodios finales de la guerra. La verdad es que la lectura proporciona una visión global y rápida de la guerra. Cada obra va precedida de una página con aclaraciones históricas. En la Odisea se salta episodios como los de los lestrigones, Eolo, Escila y Caribdis. Los dibujos (77), llamativos por su tamaño, son muy similares, sobre todo las escenas de guerra.

39. Robert Graves, Dioses y héroes de la antigua Grecia, Barcelona, Lumen, 1986, 141 pp.. Es una recreación amena destinada a los más jóvenes. Consta de 27 capítulos y un índice de nombres. Hace muchas innovaciones, en su pretensión, suponemos, de novelar y moralizar. Trata temas inusuales, como los Alóadas, Alcestis, Idas y Linceo, Melampo y Fílaco, y deja otros a medio, como Faetón, Apolo y Dafne; los héroes de Troya están ausentes. Incluye 9 dibujos en blanco y negro de Núria Salvatella, que no tienen título y a veces dificultan su identificación. En 1999 se reedita, con el mismo título, Madrid, Unidad Editorial (col. millenium), 114 pp., pero con nueva traducción y sin dibujos ni índice.

40. Charles Kingsley, Cuentos de hadas griegos. Los héroes, Palma de Mallorca, José J. de Olañeta, Editor, 1987, 182 pp. En esta obra, dedicada a sus hijos, el afamado escritor inglés recrea tres historias de la mitología griega: Perseo, los Argonautas y Teseo, con fantasia y calidad literaria, siendo fiel al mismo tiempo a las fuentes clásicas. A veces elimina algunos episodios poco edificantes, como el asesinato por Medea de sus hijos. Teseo es el héroe más brevemente tratado, sobre todo los acontecimientos tras el viaje a Creta. Anima a los jóvenes a la lectura para conocer a otros héroes. Las ilustraciones, 15 dibujos en blanco y negro, son los de la edición de Londres de 1928.

41. Emilio Genest, Figuras y leyendas mitológicas, Barcelona, Editorial Juventud, 1989 (2ª ed. 1928), 255 pp. Es una exposición –apenas se hace uso del diálogo-, dirigida a los jóvenes, de los principales mitos griegos en 31 capítulos: 17 dedicados a los dioses y 14 a los héroes. Las primeras divinidades aparecen algo confusas; a veces se alteran los hechos, imaginamos que para simplificar; otras veces se anticipa el orden de aparición de algunos personajes, como Anteo, Polifemo o Procrustes. Está ilustrada con diez grabados.

42. Thomas Bulfinch, Historia de dioses y héroes, Barcelona, Montesinos, 1990 (reed. en 2001), 462 pp.. Está basada en su obra The Age of Fables (1855). Bulfinch es uno de los autores más populares de mitología en los países de habla inglesa. Redacta este manual pensando en la utilidad que puede reportar el conocimiento de la mitología para la comprensión de las obras literarias (inglesas), de las que incorpora numerosas citas. Es una recreación muy atractiva, que nos recuerda a los cuentos populares; hay claro afán didáctico y omisión de los aspectos más inmorales. La obra está organizada en 36 capítulos, que pueden leerse separadamente, pues no hay criterio cronológico o genealógico, sino que más bien los personajes se agrupan por afinidad temática. Sus principales fuentes de inspiración son las Metamorfosis de Ovidio y el ciclo épico (Ilíada, Odisea y Eneida). El prólogo es de Carlos García Gual. En 1995 se reeditó como Las leyendas de oro de la mitología clásica, Madrid, M.E. Editores, sin prólogo.

43. Colette Estin/Helene Laporte, El libro de la mitología griega y romana, Madrid, Altea, 1990, 261 pp. Es un excelente libro de mitología para jóvenes, completamente ilustrado, al estilo interactivo. Podría servir incluso como libro de texto para la Cultura Clásica, pues no sólo habla de mitología sino de múltiples aspectos de la civilización griega y romana (pp. 6- 102). Los mitos de exponen de forma clara y ordenada; a la mitología romana se dedica el último apartado (pp. 212-249). Cada capítulo se despliega en dos páginas (par e impar), en las que el texto es acompañado de cinco o seis dibujos a color que reproducen con fidelidad las obras de arte clásico y moderno más conocidas (con pie explicativo de resumen); se indican las fuentes literarias y se reproducen pequeños fragmentos y citas famosas.

44. Julián Martínez Isla, Mitos y leyendas griegas: I. La mirada de los dioses. II. Héroes, viajes y aventuras. III. La guerra de Troya. IV. Las aventuras de Odiseo, Alicante, Editorial Disgrafos, 1990, 118, 118, 117 y 94 pp. Es una recreación literaria de los mitos griegos, basada en las fuentes clásicas. La organización del primer tomo, basada en capítulos temáticos (el amor, las transformaciones, piedad e impiedad, el castigo de los dioses, los oráculos, el destino y mitos de los Aereo) confunde a un lector inicial, que preferiría una disposición cronológica. El tomo segundo se centra en tres héroes: Jasón, Hércules y Teseo. El tomo tercero abarca todo el ciclo épico de la guerra de Troya, y el tomo cuarto es, prácticamente, un resumen de la Odisea. Las ilustraciones (35 en total), obra de diferentes autores, son dibujos en blanco y negro.

45. Remi Simon, Mitología griega. Dioses y héroes, Madrid, Ediciones SM, 1991, 71 pp. Es un libro destinado para los más pequeños (a partir de 10 años), de fácil lectura. Básicamente está dedicado a los dioses; hay algunas referencias a Europa y Cadmo. Incluye cuadros genealógicos, expresiones famosas y recomienda algunas lecturas y películas. Termina con cuatro ilustraciones en color para recortar.

46. Mª Luisa F. Suárez del Otero, Érase una vez... los dioses: la mitología para todos, Madrid, Meditor, 1991, 123 pp. La autora, licenciada en Filología Románica hace una recreación de la mitología, una paráfrasis breve, destinada a despertar la imaginación. La escribe para que se sienta por los dioses y héroes cierta curiosidad y simpatía. Tiene cuatro capítulos: 1) “en el cielo”, 2) “en el mar”, 3) “en el infierno” y “en la tierra”. Contiene dibujos en color.

47. Lucilla Burn, Mitos griegos, Madrid, Akal, 1992, 80 pp. Es una excelente síntesis de los principales héroes griegos (Heracles, Teseo, la guerra de Troya, Odiseo, Jasón, Perseo y Edipo). Sobre todo, el capítulo de Odiseo es muy completo (pp. 43-58). A los dioses les dedica sólo unas páginas (11-15) de la Introducción. El último capítulo, “La herencia de la imaginación”, estudia la influencia del mito en la literatura, el arte y la psicología. Las ilustraciones (45), en blanco y negro, son, en su mayoría, de la ceramica existente en el Museo Británico. Sólo hallamos un fallo: en p. 25 Etra no es la esposa de Piteo sino su hija.

48. Luciano De Crescenzo, Helena, Helena, amor mío, Barcelona, Seix Barral, 1992, 237 pp. (reed. Planeta 1997, 6ª 1998; Círculo de Lectores 1992). Bajo la ficción de un joven, Leonte, que va en busca de su padre, el rey de Gaudos, desaparecido hace cinco años ya en la guerra de Troya, se nos narran todos los episodios de esta contienda, desde la boda de Tetis y Peleo hasta el caballo de madera. De la Ilíada, en concreto, recrea la lucha de Menelao y Paris, la cólera de Aquiles, la escena de seducción de Hera a Zeus, la muerte de Patroclo, la muerte de Héctor, la embajada de Príamo. Se intercalan también otros mitos en el texto (Jasón y los argonautas y el jabalí de Calidón) y en las notas, y al final de añade un pequeño diccionario de mitología (pp. 229-271), con algo más de 400 entradas. Observamos algunos errores: Teseo y Pirítoo no eran hermanos sino amigos (p. 43) o Automedonte por Laomedonte (p. 138).

49. Beatriz Dourmec, Las metamorfosis, Barcelona, Lumen, 1992, 118 pp. Es una versión para jóvenes de la conocida obra de Ovidio. Se han seleccionado 36 episodios de los 15 libros del original, que consiguen mantener bien la unidad e hilazón del relato; se llega hasta la Roma de Numa. La exposición,que combina la narración con el diálogo, procura reflejar el estilo poético. Incluye un vocabulario de nombres propios y 10 ilustraciones en blanco y negro.

50. Nathaniel Hawthorne, Libro de las maravillas para chicos y chicas, Madrid, Miraguano Ediciones, 1992, 188 pp. El autor, un norteamericano de mediados del siglo XIX, hace una deliciosa recreación de seis mitos griegos (Perseo, Midas, Pandora, Hércules, Baucis y Filemón y Belerofonte) a través de la ficción de un joven que narra, en el espacio de un año, estas historias a un grupo de niños del pueblecito de Tanglewood, que también toman parte en la acción manifestando sus opiniones. Se advierte manejo de las fuentes clásicas, aunque sus reelaboraciones sean libres. Por su estilo literario y sus principios morales es de lectura recomendable para los jóvenes. En 1998 se ha reeditado con el título de El libro de las maravillas, Barcelona, Alba Editorial (2ª ed. 2000), 222 pp., pero más lujosamente y con las ilustraciones originales Walter Crane.

51. Agustín, Silvia y Manuel Cerezales, El sendero de los mitos (Prometeo. El laurel de Apolo. Los argonautas. Atalanta, la de pies ligeros. Los trabajos de Hércules. Teseo y el Minotauro. Dédalo e Ícaro: historia para un laberinto. Helena y la guerra de Troya. La cólera de Aquiles. El regreso de Ulises), Madrid, Anaya, 1993. Son diez fascículos o entregas de 31 pp. cada uno que recrean los episodios más famosos de la mitología griega. Sus destinatarios son los más jóvenes, a los que se intenta convertir en futuros lectores de literatura clásica. Los más conseguidos son los dedicados a los héroes; en Prometeo y El laurel de Apolo la recreación es tan libre que, a veces, hace irreconocible el mito –peligro que los autores reconocen en el prólogo-. Los dibujos, que están tomados de la cerámica griega, se han coloreado y dan una bella impresión.

52. Luciano de Crescenzo, Los mitos de los dioses, Barcelona, Seix Barral, 1994 (2ª ed. 1996), 137 pp. Es una atractiva obra de divulgación de los mitos griegos, realizada por el famoso autor de Historia de los filósofos griegos. Se complementa con otros tomos sobre los héroes. El estilo es ágil, periodístico y salpicado de humor, pero no por ello poco profundo en el tratamiento del mito: además de referencias a otras mitologías, incorpora numerosos textos de los autores clásicos: Homero, Himnos homéricos, Hesíodo, Apolodoro, Ovidio, Higino... Los dibujos (25) imitan la cerámica griega, reflejando a veces el tono humorístico de la obra.

53. Alicia Esteban y Mercedes Aguirre, Cuentos de la mitología griega (I). En los cielos y en los infiernos, Madrid, Ediciones de la Torre (col. Alba y Mayo), 1994, 126 pp. Forma parte de una colección de seis libros dedicados a la mitología y, en general, a la cultura griega, para introducir a los jóvenes en el conocimiento del mundo clásico. Es una recreación libre y literaria, a modo de cuento, dialogada en su mayor parte, que distribuye los dioses y héroes en función de tres ámbitos: cielo/infierno, tierra y mar. En el primer tomo se tratan tres temas: la sucesión de las primeras generaciones de dioses (Urano, Cronos y Zeus), muy bien tratado (hasta ahora había sido poco recreado); los visitantes de los infiernos (Teseo, Heracles y Orfeo y Eurídice), y los dioses enamorados (Perséfone y Hades, Afrodita y Anquises, Eco y Narciso, Eos y Titono). Las ilustraciones (16) son dibujos en blanco y negro con una impronta picassiana.

54. Remedios Higueras, Mitos clásicos, Zaragoza, Editorial Luis Vives (Edelvives) (col. clásicos secundaria), 1994 (2ª ed. 1999), 157 pp. Es una excelente introducción de mitología para jóvenes; sin erudición, pero amena y rigurosa. A los dioses dedica pp. 27-56 y a los héroes 57-128. Tras la lectura se incluyen actividades, muy variadas y creativas. Añade también un breve diccionario (pp. 17-24) y 14 textos de autores españoles con referencias mitológicas.

55. Mil años de cuentos, Zaragoza, Edelvives, 1994, 482 pp. Como indica el subtítulo, son historias para contar a los niños antes de acostarse, que se han adaptado para leerlas en voz alta. Los cuentos están clasificados por géneros, en total siete; a la mitología dedica las pp. 263-292 en 5 capítulos: Jasón y el vellocino de oro, Teseo y el Minotauro, Aprendiz de mago, Ulises y el cíclope y Los trabajos de Hércules. En cada caso se indica el tiempo para contar (diez minutos; el adulto puede ampliar o reducir la historia) y la edad (siete años generalmente). Las ilustraciones sirven para comprender ciertos pasajes.

56. A. Tracia, Compedio de Mitolojía ó Historia de los Dioses y Héroes Fabulosos, Valencia, Librería París-Valencia, 1994, 211 pp. Es una reproducción facsímil de la edición de 1828 (Barcelona, talleres de Manuel Sauri y compañía; reed. 1837). En realidad A. Tracia, anagrama de Agustín Aicart, es el autor del sumario en verso que precede cada artículo en la 2ª ed. corregida de 1929 (Barcelona, Sauri & compañía, 194 pp.). Del autor original sólo sabemos las abreviaturas J. Mh. Es una breve síntesis de mitología, dividida en nueve capítulos. Hay confusión en las primeras divinidades y se incluye a Saturno y Cibeles entre los doce olímpicos. En la introducción pone de manifiesto lo absurdo y contradicciones de la mitología pagana, que sólo se salva por la gracia que aporta al arte y a la literatura. La infomación iconográfica es importante. Los tres últimos capítulos son: las metamorfosis, personajes variados y las siete maravillas.

57. Luciano de Crescenzo, Los mitos de los héroes, Barcelona, Seix Barral, 1995, 185 pp. Tras un primer capítulo desmitificador sobre el héroe griego, la obra se reparte entre cuatro héroes: Jasón (el más amplio), Hércules, Teseo y Admeto (en realidad, su esposa Alcestis). Sigue contrastando la información con los textos clásicos: Hércules con Las argonaúticas de Apolonio de Rodas y la Medea de Eurípides; Hércules con la Biblioteca de Apolodoro y Las traquinias de Sófocles; Teseo con las Vidas paralelas de Plutarco, y Admeto con la Alcestis de Eurípides. Como en su obra anterior, tiene dibujos (17).

58. H. A. Guerber, Grecia y Roma, Madrid, M.E. Editores (col. Mitos y Leyendas), 1995, 383 pp. Es un manual de mitología en plan tradicional: se exponen ordenadamente los dioses (caps. 1-18), insertándoles los episodios más conocidos, y los héroes (caps. 19-29). El último capítulo se dedica a la interpretación de la mitología desde el punto de vista filológico, alegórico y físico. Incluye numerosas citas de autores clásicos y modernos ingleses. Está redactada con un estilo claro y atractivo, por lo que es recomendable para estudiantes y público en general, como dice en el prólogo. Habría que revisar la ortografía de nombres propios.

59. Antonio Guzmán Guerra, Dioses y héroes de la mitología griega, Madrid, Alianza Editorial (col. Alianza Cien), 1995, 63 pp. Es una breve introducción a la mitología griega, que agota el espacio que le concede esta colección. La obra se divide en tres capítulos: 1) los doce dioses del Olimpo, 2) dioses y héroes (más de un centenar, expuestos alfabéticamente) y 3) hazañas colectivas. Del mismo autor es el Cuadro genealógico, al parecer del mismo año, que consiste en un desplegable, de gran tamaño, con todos los dioses y héroes de la mitología griega, distribuidos en 14 niveles, a los que se describe brevemente y se añaden ilustraciones en color extraídas de la cerámica griega.

60. Nathaniel Hawthorne, Leyendas del bosque frondoso, Madrid, Miraguano Ediciones, 1995, 216. Animado por el éxito de su libro anterior, Libro de las maravillas para chicos y chicas, el escritor hace una segunda entrega, compuesta también por seis mitos: 1) los pigmeos y Anteo, su amigo, en su lucha con Hércules, 2) el rapto de Europa y su posterior búsqueda por Cadmo y fundación de Tebas, 3) el rapto de Perséfone, 4) Teseo y el Minotauro (Ariadna no abandona Creta), 5) Ulises y Circe y 6) Jasón y el vellocino de oro (hasta el robo del vellocino).

61. A. R. Hope Moncrieff, Mitología clásica, Madrid, M. E. Editores (col. Mitos y Leyendas), 1995, 394 pp. A diferencia de la obra H. A. Guerber, de esta misma colección, es una selección de las 39 leyendas más atractivas y conocidas de la mitología griega, casi todas relacionadas con los héroes. Están muy bien recreadas y dramatizadas; en general son de extensión breve, a excepción de las de Hércules, Jasón, Teseo, el ciclo tebano y, sobre todo, la guerra de Troya (pp. 207-58) y Ulises (pp. 271-330). A los dioses se los trata conjuntamente en la Introducción (pp. 9-66). Las últimas leyendas se reservan a personajes históricos. Ilustran el texto numerosas poesías de autores ingleses contemporáneos. Habría que revisar la ortografía de nombres propios.

62. Maria Àngels Anglada, Relatos de mitologías. Los dioses, Barcelona, Ediciones Destino, 1996, 122 pp. Es una exposición breve sobre los dioses, apta para los más jóvenes. Hay protagonismo de la Ilíada, de la que se citan varios fragmentos, como de otros autores modernos. Se hacen también algunas referencias históricas y geográficas. En p. 95 hay confusión entre la nereida Tetis, madre de Aquiles, y la hija de Urano y Gea, del mismo nombre. Las ilustraciones son siete láminas, en sepia y negro, obra de Carme Peris.

63. Maria Àngels Anglada, Relatos de mitología. Los héroes, Barcelona, Ediciones Destino, 1996, 121 pp. Se hace un repaso general por los héroes o ciclos heroicos, que habrían requerido más espacio para desarrollar sus historias, sobre todo, Hércules, Jasón y Teseo. En el cuadro de la p. 34 hay que sustituir Ino, como esposa de Esón, por Alcímeda o Polimede. Sigue introduciendo citas de autores clásicos y modernos. Las ilustraciones (8) son también de Carme Peris.

64. Alicia Esteban y Mercedes Aguirre, Cuentos de la mitología griega (II). En la Tierra, Madrid, Ediciones de la Torre (col. Alba y Mayo), 1996, 142 pp. En este segundo volumen se trata de la aparición del hombre sobre la tierra (Prometeo, Pandora, diluvio) y de las distintas estirpes a que da lugar: tebana, ateniense y argiva. Las fuentes literarias han sido: Trabajos y Días y Teogonía de Hesíodo, Prometeo encadenado de Esquilo y Bacantes de Eurípides. Los dibujos (19) son igualmente de Siro López. El tercer libro de la colección trata de Cuentos de la filosofía griega. Platón: hablando de Sócrates (1997).

65. Lula de Lara, Cuentos mitológicos, Madrid, Anaya, 1996, 126 pp. Es una recreación para los más jóvenes en 13 capítulos, dedicados a los doce olímpicos y a Saturno. En algunos episodios hay una excesiva simplificación y un error en Apolo, cuando se afirma que fue esclavo de Laomedonte, en lugar de Admeto, tras matar a los cíclopes. Incluye 12 ilustraciones en color.

66. René Martin (dir.), Diccionario de la mitología griega y romana, Madrid, Espasa Calpe, 1996, 553 pp. Es uno de los diccionarios divulgativos de mitología clásica más completos que han aparecido últimamente. Como en la guía de Oxford, se pretende poner de relieve la herencia clásica de nuestra cultura a través de cinco apartados: lengua, literatura, iconografía, música y cine. Las entradas de personajes se reducen a 300, lo que hace la lectura más amena. Esto, unido a las ilustraciones, a los útiles cuadros genealógicos y mapas de geografía mítica, hace la obra muy recomendable para estudiantes y lectores en general. En 1998 se reeditó como Diccionario de la Mitología Clásica, pero sin los estudios introductorios y finales de mitología ni sus índices y bibliografía.

67. Jöel Schmidt, Diccionario de mitología griega y romana, Barcelona, Larousse Planeta, 1996, 263. Es la edición española del Dictionnaire de la mythologie grecque et romaine (Larousse, 1993). Es un diccionario claro y preciso, con numerosas entradas (900), que hace fácil su manejo. Los personajes que carecen de entrada tienen referencia en el índice alfabético final. Hay muchos cuadros genealógicos intercalados en el texto. Algunos personajes incluyen un apartado de “historia del mito”, que estudia su pervivencia. No contiene ilustraciones.

68. Erich Ackermann, Relatos de la antigüedad, Barcelona, Editorial Óptima (col. Cuentos del mundo), 1997, 207 pp. Es una colección de 36 leyendas de Grecia, Egipto y el antiguo Oriente de temática mitológica (19) o histórica; en algunas ocasiones son selecciones o retazos de mitos como en el caso de Ulises, y no hay criterio cronológico en la disposición. La narración es fiel a las fuentes clásicas, que se analizan en detalle en el último capítulo “Comentarios”, sobre todo, las Metamorfosis de Ovidio y la Historia de Heródoto. La extensión, en general, es breve, a excepción de la historia de Amor y Psique (pp. 147-79), que sigue fielmente a Apuleyo.

69. David Bellingham, Mitología Griega. Dioses y leyendas, Barcelona, Editorial Óptima, 1997, 128 pp. Es una obra, realizada por un arqueólogo, muy completa en información mitológica, que sigue las fuentes literarias clásicas: Se divide en 5 capítulos: 1) el nacimiento de los dioses, 2) los dioses olímpicos, 3) relatos de los héroes griegos (Heracles, Teseo y Perseo), 4) relatos de dioses, héroes y mortales, 5) las constelaciones. Además intercala cuatro apartados sobre escultura, pintura, arqueología y poetas griegos. Las ilustraciones es otro de sus atractivos: 125, todas en color, de las que 40 son de pintura, lo que lo convierte en un libro muy adecuado para introducirse en el tema de la trascendencia plástica de la mitología.

70. Mª Dolores Gallardo López, Mitología Clásica resumida, Madrid, Ediciones Clásicas, 1997, 173 pp. Es un resumen de su Manual de Mitología Clásica, siguiendo el mismo esquema. La autora entiende que para los estudiantes que se acercan por primera vez a la mitología –y para los lectores en general- una obra así era necesaria. Y ciertamente, con un lenguaje sencillo, consigue dar una visión clara y panorámica de toda la mitología, del difícil entramado de tanto personaje.

71. Mª Sancho Menjón Ruiz, Leer Leyendas. Dioses de los mitos griegos, Zaragoza, Alcaraván Ediciones (col. Tus árboles blancos), 1997, 122 pp. Forma colección con otro libro sobre los héroes. Es un buen libro de divulgación de mitología griega, redactado con claridad y sencillez, apto también para la iniciación juvenil. En este primer tomo se estudian los dioses antiguos y olímpicos, siguiendo orden cronológico; el último capítulo a las historias de amor y desamor: Apolo y Dafne, Orfeo y Eurídice, Céix y Alcíone, Zeus e Ío, Eco y Narciso, Eros y Psique. No hay espacio para más. Algún error observamos: Delfos no es una isla (p. 64). Incluye dibujos (12) en blanco y negro.

72. María Luz Morales, La Odisea, Madrid, Anaya (col. Araluce), 1997, 159 pp. La Biblioteca Araluce trataba de poner al alcance de los niños las obras maestras de la literatura universal; las versiones de la Ilíada y la Odisea tuvieron muchas reediciones desde la primera de 1914. La autora se mantiene fiel al estilo homérico, reproduciendo algunos símiles y descripciones. El relato es lineal, en tercera persona, desde la salida de Troya hasta la llegada a Ítaca. Se han omitido algunos episodios, como la visita al Hades o el viaje de Telémaco, y se han reducido otros, como los relativos a los pretendientes. Observamos alguna errata: Agamenón como esposo de Helena, en lugar de Menelao (p. 20) o el género masculino para Escila (p. 79). Las ilustraciones son 8 dibujos en color de José Segrelles, que incorporaban la ediciones antiguas.

73. Anna Pérez i Mir y Pere Ignasi Rojas, Deús i herois de la mitologia grecorromana, Barcelona, Editorial Pòrtic, 1997, 111 pp. Es una obra de divulgación, dividida en cinco capítulos: 1) introducción general sobre el mito, 2) los dioses, 3) la guerra de Troya, 4) la caída de Troya y regreso de Ulises y 5) los héroes (Hércules, Teseo, Perseo, Belerofonte, Orfeo, Jasón, Edipo). En recuadros en negrita se van resaltando otros aspectos del mito relacionados con su pervivencia. Incluye cuadros genealógicos, índice e ilustraciones de obras de arte en blanco y negro (29).

74. Rosemary Sutcliff, Naves negras ante Troya. La historia de la Ilíada, Barcelona, Vicens Vives (col. Clásicos adaptados), 1997, 175 pp. Es una excelente recreación de la guerra de Troya, que abarca no sólo los episodios de la Ilíada sino también los prolegómenos (no incluye sacrificio de Ifigenia) y el desenlace. La narración es fidedigna al texto original, sólo que aquí se han suprimido los acontecimientos menos importantes y se ha despojado al estilo homérico de sus abundantes símiles y epítetos, con el fin de agilizar el ritmo; la sensación de unidad y de hilazón cronológica entre los hechos es sorprendente. Además ls obra incluye un prólogo de Carlos García Gual (con imágenes en color de obras artísticas inspiradas en la Ilíada), unas notas y glosario, obra de los traductores, y unas actividades sobre la lectura y la psicología de los personajes, obra de José Mas y María Teresa Mateu. Las ilustraciones son espléndidas: cada dos páginas se intercalan con el texto grandes dibujos en color de inspiración clásica; su autor es Alan Lee.

75. Luciano De Crescenzo, Nadie. La Odisea relatada a los lectores de hoy, Barcelona, Seix Barral, 1998, 223 pp. En el mismo tono irónico y humorístico de sus obras anteriores, el polifacético autor nos relata aquí la Odisea, siguiendo fielmente el hilo conductor del original (no en vano nos cuenta en la introducción que se ha leído para la ocasión una docena de traducciones italianas de la Odisea). Mantiene la misma estructura de cantos: añade uno para informar del destino final del héroe, que le vaticina Tiresias. En un último apartado, titulado “En contra de Ulises” reúne historias, que no están en la Odisea, que hablan de su mal proceder con personajes como Palamedes, Áyax, Diomedes o Filoctetes. Termina la obra con un pequeño diccionario de personajes.

76. Alicia Esteban y Mercedes Aguirre, Cuentos de la mitología griega (III). En el Mar, Madrid, Ediciones de la Torre (col. Alba y Mayo), 1998, 141 pp. La obra se divide en dos partes: en la primera se narran las historias de los dioses marinos (Poseidón y sus amores, Nerites y Afrodita, Tetis y Peleo) y en la segunda se recrean las aventuras del héroe marino por excelencia, Ulises, a partir de la Odisea de Homero. La introducción, acompañada de ilustraciones como las dos anteriores, trata del mar en el mito y en la historia, y podría ser útil para un público de más edad; hay también selección bibliográfica y glosario de lugares (17) y personajes mitológicos (75). Los dibujos (18) son también de Siro López.

77. Enrique Galé Casajús, Los héroes de la Antigua Grecia, Zaragoza, Alcaraván Ediciones (col. Tus árboles blancos), 1998, 156 pp. Este volumen, redactado con la misma claridad y amenidad del primero, se dedica a la aparición del hombre sobre la tierra y su relación con Prometeo y a cinco héroes: Perseo, Argonautas, Edipo, Hércules (sólo se recrean los trabajos de las manzanas de las Hespérides y la captura de Cerbero) y Teseo (se anticipa el episodio de Dédalo e Ícaro a la muerte del Minotauro). Incluye dos mapas y 12 dibujos.

78. Antonio García Masegosa, Los amores humanos de Zeus, Vigo, Universidad de Vigo, 1998, 150 pp. El autor logra conjugar con maestría la divulgación y el rigor científico: recrea el mito en estrecha relación con los textos clásicos. Éstos se insertan en función de la argumentación y no al revés, y quedan tan bien engarzados que no se advierte el cambio de estilo. Consta de 14 capítulos: 2 introductorios y 12 dedicados a otras tantas amantes: Ío, Calisto, Europa, Sémele, las Pléyades (Maya, Electra y Taigete), Antíope, Ganimedes, Dánae, Egina, Leda, Alcmena, y más brevemente Níobe, Pluto y Laodamía. Las fuentes que más se utilizan son Hesíodo, Apolodoro, Ovidio y Luciano. Hay unos cuadros genealógicos al final. Es obra adecuada para universitarios que se inician en la mitología. Animamos al autor a que continúe haciendo nuevas entregas de este tipo.

79. Francisco López Salamanca, Esto es Troya, León, Everest (col. Punto de Encuentro), 1998, 56 pp. Es un texto para hacer una representación teatral, en el que la guerra de Troya es vista en clave de humor. Se invierte el mito: los griegos toman una Troya desplobada y son sitiados por los troyanos, que inventan el caballo de madera y, finalmente, los rinden; Zeus apoya a los griegos y Poseidón a los troyanos. Esta obra fue galardonada con el premio Barahona de Soto de Teatro Infantil.

80. María Luz Morales, La Ilíada o el sitio de Troya, Madrid, Anaya (col. Araluce), 1998, 133 pp. Consta de 12 capítulos, como su obra anterior, pero la distribución de contenidos es muy desigual: se comienza recreando con detalle el juicio de Paris y los primeros episodios de la Ilíada, pero a partir de la muerte de Patroclo (canto XVI) la narración se precipita inexplicablemente y en un solo capítulo se resume el resto de la historia hasta la caída de Troya. Parece seguir la traducción de Segalá e intenta mantener el sabor épico a través de sus múltlipes epítetos y comparaciones. En p. 41 aparece Tersicles en lugar de Tersirtes. Hay igualmente 8 ilustraciones de José Segrelles.

81. Rosemary Sutcliff, Las aventuras de Ulises. La historia de la Odisea, Barcelona, Vicens Vices (col. Clásicos adaptados), 1998, 170 pp. Con la misma maestría que desplegó en su obra anterior, emprende aquí la autora la recreación de la Odisea. A diferencia de Homero, que comenzaba la narración in medias res (por la mitad), ordenando los dioses a Hermes que comunicase a Calipso que debía dejar partir a Ulises para su patria, aquí el relato es más lineal y menos complejo: abarca todas sus aventuras desde la salida de Troya hasta su regreso feliz a Ítaca (no se incluye la descripción de la destrucción de Troya, que Menelao cuenta a Telémaco en Homero, porque la autora ya lo trató en su obra anterior). Igualmente la obra consta de un prólogo de Carlos García Gual y unas notas, glosario y actividades de Manuel Otero.

82. Terry Deary, Las 10 mejores leyendas griegas, Barcelona, Editorial Molino, 1999, 191 pp. Es un enfoque muy original y actualizado de los mitos griegos, que seguro divertirá a los más jóvenes. Se seleccionan 10 mitos: Zeus, Afrodita, Orfeo y Eurídice, Perseo y Medusa, Teseo y el Minotauro, Edipo, Los trabajos de Hércules, Jasón y los argonautas, La Odisea y La guerra de Troya. La narración es multiforme: a través de una carta, un cómic, un períodico, una investigación policíaca, una obra de teatro. Pero la información se amplía al final de cada capítulo con otros 10 “datos más notables”. Se incluyen algunos tests para responder. Las ilustraciones responden al tono humorístico de la obra.

83. D. P. de la Escosura, Manual de Mitología. Compedio de la historia de los dioses, héroes y más notables acontecimientos de los tiempos fabulosos de Grecia y Roma, Valencia, Librerías París-Valencia, 1999, 562 pp. Es una reproducción facsímil de la edición de 1845 (Madrid, F. De P. Mellado, 531 pp.). En el prologo afirma que con esta obra pretende hacer un servicio a la juventud, para lo que usará un estilo ameno y evitará temas que puedan ofender a la moral pública. Divide a los dioses –de los héroes habla menos- en cinco clases: 1) dioses mayores y consentes (12 más 8 auxiliares), 2) dioses subalternos, 3) dioses naturales, 4) semidioses o héroes, y 5) dioses alegóricos. La información es muy completa; las explicaciones alegóricas son frecuentes, así como los datos iconográficos y de culto. Termina con un apartado sobre las religiones antiguas (pp. 353-470) y una amplia “tabla analítica” (pp. 471-531). Incluye 150 láminas de bella factura, que no titula.

84. Alicia Esteban y Mercedes Aguirre, Cuentos de la magia griega. Entre brujas y fantasmas, Madrid, Ediciones de la Torre (col. Alba y Mayo), 1999, 141, pp. Magia y mitología caminan de la mano en muchos momentos, como ponen de relieve algunos personajes (Hécate, Circe, Medea), ya vistos en tomos anteriores, y que aquí vuelven a aparecer en otros episodios; a raíz de Medea se narra el mito de Jasón y los argonautas, ampliamente (pp. 57-84). También se tratan otras historias de brujas, magas y fantasmas, extraídas de la literatura (Luciano, Filóstrato, Teócrito). A los comunes glosario de lugares y personajes y selección bibliográfica (en este caso, de cultura griega), se añade un anexo sobre magia y religión, que es un repaso de la historia y la literatura griegas. Los dibujos (28) son de Siro López.

85. Michael Köhlmeir, Breviario de la mitología griega, Barcelona, Edhasa, 1999, 218 pp. Es una bella y atractiva recreación literaria de la mitología griega. Aunque no sigue el orden tradicional, la organización está muy pensada: comienza, como Homero, invocando a los cantores (Marsias, Orfeo); continúa con el rapto de Europa y la saga a que dio origen; después viene el origen de dioses y hombres; de héroes se centra en Perseo (no trata a Hércules ni a Jasón), en la raza maldita de Peleo y termina con la guerra de Troya y la figura de Ulises. Las continuas opiniones y comentarios dan también cohesión al relato. Afirma que los mitos hay que contarlos, como a él se lo hacía su padre, y que esto supone inventarlos, hacerlos tuyos “no se precisa de ningún título de profesor, porque todo aquel que los cuenta es, en el momento de la narración, un experto” (p. 218).

86. Geraldine McCaughream, Mitos (Perséfone y las semillas de la granada/La carrera de Atalanta. Perseo y la Gorgona Medusa. Jasón y el vellocino de oro/Aracne, la tejedora. Los doce trabajos de Hércules/Eco y Narciso. Teseo y el Minotauro/Orfeo y Eurídice/Apolo y Dafne. Dédalo e Ícaro/El rey Midas. El caballo de madera/La caja de Pandora. Las aventuras de Ulises, Madrid, Ediciones SM, 1999. Hay edición en catalán en Cruïlla (2001). Es una colección de 8 de libros de pequeño formato (48 pp. cada uno), encuadernados en pasta dura, destinados al público infantil. En cada libro se recrea uno o dos mitos, relativos, en su mayoría, a los héroes. En adaptaciones de este tipo es habitual el tono moralizante, y en este caso, además, se añade a veces el humorístico. La imaginación es en ocasiones tan desbordante, que desfigura el mito. Las ilustraciones son dibujos en blanco y negro.

87. Claude Pouzadoux, Cuentos y leyendas de la mitología griega, Madrid, Espasa, 1999, 158 pp. Divide el contenido en dos grandes apartados: leyendas divinas y héroes, más un breve apéndice sobre diversos temas relacionados con la mitología (expresiones del lenguaje habitual, entre otros). La autora, profesora de griego de la universidad de Nanterre, hace una selección y adaptación muy adecuada para los jóvenes que se inician en la mitología griega. Sobre todo, los capítulos de los héroes (Jasón, Hércules, Perseo, Teseo y Edipo) están muy conseguidos. Hay notas a pie de página explicando los términos más difíciles. La transcripción de nombres propios, que parece basarse en el original francés, habría que revisarla. Incluye 26 dibujos, con cierto toque de humor.

88. Jacqueline Vallon, La historia de los doce trabajos de Hércules, León, Editorial Everest (col. lecturas de la Historia), 1999, 59 pp. El librito está pensado para la educación primaria. La narración, que no incluye diálodos, es bastante fiel a las fuentes. Tras una introducción breve sobre los dioses del Olimpo, se centra en los doce trabajos, finalizando con el episodio de Neso y Deyanira. Los dibujos en color son bonitos y animan el relato (uno por página).

89. Pierre Van Riel, Así se descubre la mitología griega y romana, Barcelona, Editorial CIMS, 1999, 197 pp. Es un estudio detallado de los dioses griegos, distribuidos en 14 capítulos; a los héroes sólo se los trata indirectamente. Los datos se despliegan a través de preguntas: en negrita introduce citas textuales, sin identificar (muchas de Hesíodo y Apolodoro). Aporta también información sobre religión y sobre representaciones artísticas clásicas. Pero a veces se anticipan, innecesariamente, hechos que luego se vuelven a repetir. El estilo no es el más adecuado para jóvenes. Hay continuos fallos en la transcripción de los nombres propios. Contiene 8 ilustraciones de obras de arte.

90. El abanico, Mitología, Barcelona, Loc Team, S.L., 2000, 32. Versión española La Mythologie (Paris, 1999). Son 32 fichas desplegables como abanico, con final troquelado de una obra de arte clásica o moderna en color: en el anverso se da información general del personaje (16 dioses y 14 héroes, ordenados alfabéticamente) y en el reverso, que encabeza otra obra de arte (algunas bastante desconocidas) se añaden otros datos y se hace referencia a expresiones del lenguaje tomadas de la mitología.

91. Alicia Esteban y Mercedes Aguirre, Cuentos del teatro griego. Las leyendas de Agamenón y Edipo según la tragedia, Madrid, Ediciones de la Torre (col. Alba y Mayo), 2000, 142 pp. Se narran las leyendas de dos importantes familias, los Pelópidas y los Labdácidas, a través de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, quienes, como si se tratara de un representación teatral, salen a escena a contar sus versiones. Incluye un glosario de lugares y personajes, un anexo muy completo sobre la tragedia griega y una selección bibliográfica. Los dibujos (13) son de Siro López..

92. Jean-Pierre Vernant, El universo, los dioses, los hombres. El relato de los mitos griegos, Barcelona, Editorial Anagrama, 2000 (reed. 2001), 224 pp. El helenista francés Vernant hace aquí una obra magistral de mitología griega en plan divulgativo, demostrando que no es incompatible esta tarea con la de investigador, por la que es más conocido; es, pues, recomendable tanto para profanos como para especialistas. Trata de revivir el carácter oral de los mitos griegos –aunque reconoce la dificultad de escribir como se habla-, a raíz del placer que le produjo relatárselos a su nieto. El contenido se reduce a los mitos más esenciales (no sabemos si tiene pensado editar otro volumen): 1) el origen del universo, 2) guerra de los dioses, soberanía de Zeus, 3) el mundo de los humanos, 4) la guerra de Troya (al final de la línea 17 de la p. 93 debe decir Afrodita en lugar de Atenea), 5) Ulises o la aventura humana, 6) Dioniso en Tebas, 7) Edipo a destiempo, 8) Perseo, la muerte, la imagen. Los tres primeros capítulos (pp. 15-81) exponen con extraordinaria claridad la sucesión de los dioses y la creación del hombre. La guerra de Troya se reduce a los prolegómenos y a la figura de Aquiles; en cambio en Ulises comenta con detalle los episodios de la Odisea (pp. 104-53); en Dioniso y Edipo sigue a los trágicos, y Perseo es el más breve. La caracterización psicológica de los personajes, la recreación literaria, la interpretación y la coherente hilación de los acontecimientos son otros de los méritos de la obra. Termina con un glosario.

93. Émilie Beaumont y Sylvie Baussier, Mitologías, Francia, Éditions Fleurus (col. “imagen descubierta del mundo”), 2001, 124 pp. Es una buena síntesis de todas las mitologías del mundo (12), expuesta con gran claridad y destinada para los más jóvenes. A la griega se resevan las pp. 36-66 en varios capítulos: orígenes, amores de Zeus, Dioniso, Atenea, Prometeo y Pandora, diluvio, Apolo, Poseidón, Hefesto y Afrodita, Hades, Teseo, Perseo, Edipo, Jasón, Hércules y Ulises. A la romana las pp. 67-71: Eneas, Rómulo y Remo. Habría que revisar la ortografía de los nombres propios.

94. Carlos Goñi, Cuéntame un mito, Barcelona, Ariel, 2001, 253 pp. Es una aportación muy atractiva desde el campo de la filosofía. Cada capítulo (47) consta de una pequeña introducción, la exposición del mito y –lo más novedoso- un apartado de “sugerencias”, que es la interpretación que hace el autor: trata de ilustrar cada sentimiento humano con un mito; recomienda bibliografía, relacionada, generalmente, con la filosofía. Como el título indica, los mitos deben ser continuamente contados para sobrevivir.

95. Charles Lamb, Las aventuras de Ulises, Barcelona, Alba Editorial, 2001, 125 pp. La primera edición de esta obra se realizó en Londres en 1808. Es una versión abreviada de la Odisea en la que no faltan los episodios fundamentales. Renuncia a la descripción de costumbres para darle más ritmo a la narración –tal vez por ello apenas usa los diálogos- y hacer una obra atractiva para los jóvenes. En el prefacio reconoce su deuda con la traducción inglesa de la Odisea de Chapman. Es una buena recreación, con valores literarios. Las ilustraciones (16), de estilo art nouveau, corresponden a la edición original.

96. Jean Martin, Cuentos y leyendas de la Ilíada. Homero, Madrid, Espasa, 2001, 121 pp. Es una recreación modélica de una obra clásica para jóvenes. En sus 16 capítulos sigue fielmente la Ilíada, comenzando también con la invocación a las musas. Mantiene los epítetos de los personajes y algunas comparaciones, como la de las generaciones de los hombres y de las hojas. Además incluye notas a pie de página, explicativas normalmente de vocabulario, que se complementan con el amplio Glosario (pp. 97-110) y el apartado de “Homero y la Ilíada. Leyendas e historia”. Advertimos algunos errores: fumus (humo) como etimología de “funesta” (p. 19), Cronos en lugar de Cronida (p. 54) y Erix en lugar de Eris o Éride como personaje masculino (p. 116). Los dibujos tratan de imitar la cerámica griega.

97. A. Comotto, El libro de los mitos griegos. Relatos de hoy y de siempre, Barcelona, Ediciones B, 2002, 109 pp. Comotto es el adaptador y autor de las atractivas ilustraciones. Es una recreación amena, entre narración y diálogo, de 29 episodios de la mitología griega, en su mayoría protagonizados por héroes, que no están seleccionados con criterio genealógico o cronológico, lo que hace que a veces se separen episodios de un mismo ciclo (Ulises). Contiene algunas inexactitudes: la caja con los males no la creó Prometeo, las Grayas no son ninfas, el episodio del vuelo de Dédalo e Ícaro no fue anterior a la llegada de Teseo a Creta, cuando sucede el encuentro con las sirenas no habían pasado 25 años desde la caída de Troya, Yóbates no es amigo de Preto sino yerno.

98. Christina Grenier, Los doce trabajos de Hércules, Madrid, Anaya (col. Tus libros. Cuentos y leyendas), 2002, 175 pp. Es una recreación monográfica sobre el héroe. Consta de 14 capítulos: 12 dedicados a las famosas pruebas y dos a los inicios El autor, procedente de la ciencia ficción, se permite ciertas libertades y hace una mezcla de varias versiones, interesándole más el Hércules “humano y simpático”; se inspira sobre todo en el Hércules furioso de Eurípides. Hay algunas inexactitudes: Quirón no fue maestro de Teseo (p. 26), “adito” en lugar de “áditon” (p. 44), el toro de Creta no acabó desapareciendo en el mar de Atenas, “Geriones” en lugar de “Gerión”, Hércules volando en el disco solar en vez de la copa de Helios. Incluye un pequeño glosario, un mapa y dibujos.

99. Christian Grenier, Cuentos y leyendas de los héroes de la mitología, Madrid, Anaya (col. Tus libros. Cuentos y leyendas), 2002, 173 pp. Es una recreación, entre novelada y dramatizada, de 12 mitos, referidos a héroes y ordenados cronológicamente: Filemón y Baucis (elegido por su valor ejemplar), Orfeo, Perseo (omite el episodio de Andrómeda), Teseo (comienza con la aventura de Creta), Hércules (episodio de Onfalia: ¡confusión entre Eurito y Euristeo!), Edipo (¡Yocasta espera un niño antes de que Layo consulte el oráculo de Delfos!), Antígona, Aquiles (según la Ilíada: ¡Príamo tenía cinco hijos!), Ulises (episodio del caballo: “Epeios” y “Teneos” en lugar de “Epeo” y “Ténedos”), Penélope (episodio del arco), Rómulo y Remo. Incluye apéndice, mapa y dibujos.

100. Rosa Navarro Durán, Mitos del mundo clásico. Versión libre de las Metamorfosis de Ovidio, Madrid, Alianza Editorial (col. biblioteca juvenil), 2002, 254 pp. Ha sido un acierto la edición de esta versión libre de las Metamorfosis, al poner al alcance de los jóvenes –y del público en general- un texto que es fundamental en la transmisión de la mitología. Aunque no es una traducción, la recreación es muy fidedigna: se sigue la misma estructura que la obra original, pero sin división en libros (XV); los mitos, que suman en total 111, se suceden con la misma concatenación. Sólo se prescinde de los mitos de los libros XIV y XV por contarlos más ampliamente Homero y Virgilio.

Otra anécdota del creador de las victorias pírricas

Cuenta Plutarco que la mano derecha de Cineas, le preguntó a Pirro:

- ¿Qué ganaremos venciendo a los romanos?
- Una vez vencidos los romanos, seremos dueños de toda Italia.
- Bien, y una vez tomada Italia, ¿qué haremos?
- Pasaremos a Sicilia y la conquistaremos.
- Bien ¿y será el final de nuestra expedición militar tomar Sicilia?
- Entonces pasaremos a África y conquistaremos Cartago.
- Bien. Y después de todo esto, ¿qué haremos?
- Y dijo entonces Pirro, echándose a reír:
- Descansaremos largamente y habrá diarios banquetes y en agradable convivencia disfrutaremos de las charlas.
- Llegados a este punto que esperaba, Cineas dijo:
- ¿Y qué nos impide, si queremos, disfrutar de esos banquetes y pasar nuestro ocio en esos coloquios, supuesto que ya tenemos sin afán esas cosas a las que habremos de llegar entre sangre y grandes esfuerzos y peligros, haciendo a otros muchos males y sufriéndolos nosotros mismos también?

Plutarco, Pirro 8

Descubrir la mitología griega a través de los palacios de España

Antonio R. Navarrete Orcera

La mitología griega es, sin duda, es uno de los principales y más fascinantes legados que nos ha dejado la antigua Grecia. En este trabajo nos proponemos acercarnos a ella de un modo un tanto peculiar: a través de las decoraciones pictóricas que ilustran los techos de los palacios españoles. Pues la pintura con todos sus recursos técnicos y estilísticos, ha sido uno de los mejores cauces que ha tenido la mitología para expresarse, sin menospreciar la importancia de la transmisión textual; pero es evidente que hay una deuda del texto con la imagen, que aquí queremos reconocer. Además esta pintura mitológica en palacios tiene un valor añadido –por ejemplo, frente a la pintura de caballete-: la existencia de un propietario determinado (monarquía, nobleza o burguesía) y la ubicación en un espacio fijo le da más vida y la carga de un mayor simbolismo.

Vamos a recorrer más de veinte palacios, distribuidos casi por toda la geografía nacional (Andalucía, Castilla La Mancha, Castilla y León, Madrid, Asturias, Comunidad Valenciana, Islas Baleares y Cataluña) y encuadrados en una amplia cronología (siglos XVI-XX), tratando de conjugar, en los posible, el tiempo y el espacio. Comenzaremos en la Sevilla renacentista (y siglo XVI) y concluiremos en la Barcelona modernista (y siglo XX), numerando los hitos geográficos más importantes de esta ruta mitológica. Recomendamos a los lectores pertrecharse de un buen manual de mitología clásica antes de iniciarla, pues aquí apenas podremos detenernos en esbozar los principales personajes y episodios que irán apareciendo en cada palacio. Quien desee conocer el tema con más detalle puede consultar nuestro libro La mitología en los palacios españoles (Jaén-Úbeda, UNED, 2005).

1. Sevilla. Los dioses despiden el siglo XVI en Sevilla, en el magnífico palacio renacentista denominado Casa de Pilatos, propiedad de los actuales Duques de Medinaceli. Tiene tres techos mitológicos, realizados en 1603 por Francisco Pacheco, el suegro de Velázquez. En uno se representa La apoteosis de Hércules, ascendiendo al Olimpo, rodeado de los doce dioses, con otras escenas famosas; en otro La asamblea de los dioses, reunidos en torno a una mesa, con Ganímedes de copero, y en el tercero a Prometeo, el creador del hombre. Había en Sevilla otro palacio, la casa del poeta Arguijo, de la misma época, decorado también con La asamblea de los dioses, de autor desconocido; la pintura sufrió muchos avatares y actualmente se encuentra en el Palacio de Monsalves, sede de la Consejería de Relaciones Institucionales de la Junta de Andalucía.

2. Granada. A sus atractivos propios, la Alhambra reúne también el de albergar pintura mitológica en una pequeña dependencia, denominada el Peinador de la Reina, que sirvió de aposento a la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, en su visita a la ciudad. En cuatro escenas se representa la historia de Faetón, el hijo de Helios, que acabó tan trágicamente. Fue pintada por los italianos Julio Aquiles y Alejandro Mayner entre 1539 y 1546.

3. Úbeda (Jaén). A estos mismos pintores, unos años antes, los vemos actuar en el palacio que Francisco de los Cobos, el que fuera secretario de Carlos V, se hizo construir en su ciudad natal. Aunque está destruido prácticamente, suponemos que debió de estar decorado con frescos mitológicos, la especialidad de estos pintores. A falta de palacio, conservamos la capilla que este mismo personaje se construyó al lado, El Salvador, cuya fachada ofrece uno de los conjuntos más completos de decoración pagana existentes en España (Hércules y el panteón olímpico).

4. Viso del Marqués (Ciudad Real). En pleno corazón de la Mancha se halla el magnífico y muy desconocido palacio de Viso del Marqués, propiedad de Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, el marino más importante de España en el siglo XVI. Es el mayor exponente español de pintura mitológica: casi todos sus techos y bóvedas están recubiertos con escenas de la mitología clásica. Sin exagerar, podríamos decir que todo el conjunto es un manual de mitología ilustrado. Los pintores fueron también italianos: Juan Bautista Castello (el Bergamasco), la familia Peroli y César Arbasia, que trabajaron aquí entre 1575 y 1590. Detallamos algunas salas: en el vestíbulo se desarrollan las historias de Neptuno y de Perseo, con quienes el dueño trataba de identificarse; en el despacho del Conservador del Archivo se representa la historia de Apolo y Coronis, en la sala de Ulises cinco escenas de la Odisea, en la conserjería la famosa despedida de Venus y Adonis. Las galerías, de la planta baja y superior, que rodean el patio, están profusamente decoradas con grutescos, un tipo de ornamentación que se inspira en las pinturas de los antiguos edificios romanos. La escalera, con tres rellanos y cinco subidas, está también repleta de escenas mitológicas e históricas: los trabajos de Hércules y la fundación de Roma. Ya en la planta alta encontramos salas que desarrollan en sus techos ciclos completos: los amores de Júpiter y Calisto o de Júpiter e Ío y el rapto de Perséfone. Dánae, Apolo y Faetón y Dédalo e Ícaro protagonizan otras salitas.

5. Aranjuez (Madrid). El actual palacio de Aranjuez es el resultado de sucesivas remodelaciones, ordenadas por los distintos monarcas. Pero su máximo esplendor lo alcanzó durante el reinado de Carlos IV. La mayor parte de las bóvedas contienen temas alegóricos; la mitología propiamente la encontramos en las salas de la planta baja, que hoy albergan el Museo de la vida en Palacio, y, sobre todo, en los jardines y en la Casa del Labrador, recientemente restaurada, en cuyos techos distinguimos a Orfeo y Eurídice, Apolo y las Musas, El rapto de Ganímedes y El rapto de Helena, o a Neptuno, Cupido, Venus y las Gracias.

6. Madrid. La capital de España contiene también un gran elenco de palacios mitológicos. En primer lugar el Palacio Real, que impresiona por la majestuosidad de sus frescos y de su arquitectura. Carlos III fue el primer rey que lo habitó, en 1764, aún sin decorar; las bóvedas tardaron 26 años en pintarse, aunque algunas se prolongan hasta el siglo XIX; sus autores fueron los italianos Tiépolo y Giaquinto, el alemán Mengs y los españoles Bayeu, Maella y Luis López, eximios representantes del rococó y neoclasicismo. En los frescos está entremezclada la mitología con la alegoría, pues se pretende ensalzar las virtudes del monarca; los personajes más representados son Atenea, Apolo y Hércules, en mitología, y en historia los emperadores romanos Trajano y Adriano, referentes inmediatos de la monarquía hispánica. A partir del siglo XIX la pintura mitológica, que hasta ahora había estado monopolizada por la monarquía y la nobleza, consigue nuevos adeptos: la burguesía, que, enriquecida por los negocios inmobiliarios, la bolsa, la banca o el ferrocarril, se construye palacios, en consonancia con su nuevo status, y los decora con una mitología, sobre todo, de carácter simbólico, en la que brilla con especial fuerza el dios Mercurio, protector de los beneficios conseguidos con el comercio y la industria. Los palacios de Santoña, Salamanca y Linares son vivos ejemplos de ello. El primero, que curiosamente hoy es sede de la Cámara de Comercio e Industria, fue remodelado en 1874 por Juan Manuel de Manzanedo, duque de Santoña, un hombre modesto que probó fortuna en América y se enriqueció como banquero en la Habana; destaca la decoración de la escalera, que en estos nuevos palacios tratará de impresionar al visitante; en la sala noble destacan los techos de El rapto de Ganímedes, La Aurora, Mercurio y Venus y La alegoría de la Abundancia. En el Paseo de Recoletos José Salamanca, un personaje muy peculiar de su época, conocido por su actividad bursátil y por constructor del barrio que lleva su nombre, se hace también un palacio, que desde 1991 es la sede social de Argentaria; otra característica de estos palacios es que las pinturas de las salas están en consonancia con el uso destinado a ellas; las escenas son muy elegantes y originales: Hércules y Ónfale, Mercurio y Argos, Júpiter y Juno en el Olimpo, Diana cazadora, Baco, Mercurio, Psique y Cupido. A poca distancia del anterior, de cara a la plaza de Cibeles, se encuentra el palacio de Linares, mandado construir en 1873 por José María Murga y Reolid, heredero de una gran fortuna y primer marqués de Linares. Si ya la fachada impresiona, es el interior el que más lujo y belleza acumula; el marqués no reparó en gastos y recurrió a conocidos pintores del momento, que tienen en común haber pasado por Roma como pensionistas del Estado (Pradilla, Ferrant, Plasencia y Domínguez); aunque no hay un programa iconográfico único, el Amor está presente en todas las pinturas, tal vez como un ofrenda de amor del marqués a su esposa, Raimunda; algunos temas así lo indican: El tocador de Venus, El festín de los dioses, Psique conducida al Olimpo, Venua aérea y Venus anacreóntica, Travesuras de Amor, Fantasías de Céfiro; la galería alta está decorada con interesantes escenas al estilo pompeyano.

7. El Pardo (Madrid). A unos 15 kms. de Madrid se halla el emblemático palacio de El Pardo. Era la residencia de invierno de los reyes españoles, que completaban así su circuito de palacios: en primavera Aranjuez, en verano La Granja y en otoño El Escorial. Construido por Carlos V en 1543-58, sufrió un incendio en 1604, del que se salvó milagrosamente un techo de la torre suroeste, el Aposento de la Camarera, que desarrolla el mito de Dánae y Perseo en nueve escenas; las pinturas fueron encargadas por Felipe II a Gaspar Becerra. Cerca del palacio se halla una casa de campo, denominada Casita del Príncipe, que se destinaba al Príncipe de Asturias y futuro rey; fue construida en 1784 y tiene interesantes pinturas mitológicas y alegóricas. Del mismo estilo es la Casita del Príncipe de El Escorial.

8. Guadalajara. El Palacio del Infantado, iniciado en 1480, ha sido testigo de la historia de España: desde los Reyes Católicos, todos los monarcas han residido en él en su paso al norte. Pero nos interesa especialmente por la remodelación que hizo el V Duque del Infantado, Iñigo López de Mendoza, que incluía la pintura mitológica de algunos techos de la planta baja, realizada por el florentino Rómulo Cincinato. Desgraciadamente dos salas perdieron sus frescos por el bombardeo sufrido en la guerra civil (1936). Las restantes se restauraron sin mucho rigor. La más impresionante es la de Atalanta, que narra en cinco escenas la historia de esta joven cazadora, invencible en la carrera. Hay otras dos salitas con bóveda octogonal: la de los Héroes y la de los Dioses.

9. La Granja de San Ildefonso (Segovia). A 11 kms. de Segovia y 70 de Madrid, en un marco incomparable, se encuentra el palacio de La Granja, construido por el arquitecto Teodoro Ardemans entre 1720 y 1723, para retiro de Felipe V. Los frescos de las bóvedas, en su mayoría mitológicos y alegóricos, fueron encargados a los italianos Bonavia, Rusca y Fedeli; señalamos algunos: Venus pidiendo a Vulcano las armas para Eneas, El rapto de Perséfone, El rapto de Europa, Hércules niño, Belerofonte derribado por Pegaso, Regreso triunfal de Jasón y Medea. Pero la mitología no se limita a los techos, sino que, igual que sucedía en Aranjuez, adquiere volumen y dureza en las esculturas de los jardines, dispuestas casi como en una representación teatral: Neptuno, Anfitrite, Apolo, Diana, Eolo, Andrómeda, Las Gracias son algunos de sus protagonistas.

10. Cudillero (Asturias). La Quinta de los Selga o Quinta de El Pito es un conjunto de palacio, jardines y pabellones construidos a finales del siglo XIX en la villa asturiana de Cudillero. Se enmarca dentro del estilo de los palacios que se construían en Madrid en este siglo; de hecho la decoración pictórica corre a cargo de algunos de los pintores del palacio de Linares (Plasencia, Domínguez). Perteneció a la adinerada familia de los Selga, de origen asturiano, pero residente en Madrid. Hay cuatro salas con motivos mitológicos y alegóricos en sus techos: Bacante, Psique dormida por el agua de Juvencia, La Noche, Alegoría de la Mañana.

11. Valencia. Las últimas etapas de nuestra ruta se enmarcan en el Mediterráneo. Comenzamos en Valencia por el palacio del Marqués de Dos Aguas (o Museo Nacional de Cerámica y de las Artes Suntuarias “González Martí”), que nos interesa por las reformas decorativas que hizo el VI marqués, Vicente Dasí, entre 1854 y 1867. En el salón de baile hay cuatro medallones de Venus y Cupido, en el dormitorio La Noche con Hipno y las Hespérides, en la antecámara Selene e Hipno, en el tocador Venus, Cupido y las tres Gracias. En la sala pompeyana, inspirada por la visita del marqués a las ruinas de Ponpeya, hay dos grandes lienzos con Apolo y Dafne y Narciso y Eco.

12. Palma de Mallorca. El palacio de Can Vivot es uno de los más interesantes de nuestra lista tanto por la cantidad como por la variedad de los temas mitológicos tratados, aunque su fachada, por la calle Zavellá, no desvele la suntuosidad del interior. Perteneció a Juan Sureda y Villalonga, uno de los pocos partidarios que tuvo Felipe V en Mallorca durante la Guerra de Sucesión, que encargó las pinturas al milanés Giuseppe Dardanone. En el salón del trono, destinado a la recepción del monarca, se evocan cuatro hazañas de Alejandro Magno. En otras salas, además de Neptuno y Anfitrite, hay numerosas escenas alusivas al amor: El rapto de Helena, El rapto de Perséfone, Venus y Adonis, Las bodas de Tetis y Peleo, El juicio de Paris, El rapto de Europa, Baco y Ariadna en la isla de Naxos, Narciso, entre otras.

13. San Salvador-El Vendrell (Tarragona). El famoso músico catalán Pau Casals también se sintió fascinado por la mitología clásica, como lo demuestran las pinturas murales de contenido mitológico que adquirió para decorar una sala de la villa que se hizo construir en 1909 en San Salvador, donde pasaba los veranos. Son nueve paneles parietales agrupados de tres en tres, y uno en el techo, obra de Francesc Pla i Durán (El Vigatá), el pintor catalán más importante del siglo XVIII. Desarrollan conocidas historias de amor de la mitología, algunas con triste final: Venus y Marte, Venus y Adonis, Leda y el cisne, Júpiter y Juno, Apolo y Dafne, Baco y Ariadna, Pan y Siringe, Alfeo y Aretusa. Parecen inspiradas en las Metamorfosis de Ovidio, la obra que más consultaban los pintores mitológicos.

14. Vic (Barcelona). Por lo que respecta a Barcelona y provincia, el gusto por la decoración mitológica en casas y palacios se introduce en el último cuarto del siglo XVIII, coincidiendo con la prosperidad económica que aportó a la ciudad la actividad industrial y mercantil. La mayor parte de las pinturas murales que veremos son obra de El Vigatá, que acabamos de mencionar. Precisamente en su ciudad natal decoró dos casas: Fontcoberta y Cortada. En la primera, en el salón principal, hallamos tres escenas, ya familiares: La caída de Faetón, Perseo y Andrómeda y Píramo y Tisbe, pésimamente restauradas a principio de siglo. En la segunda se representan, en seis escenas, Las aventuras de Telémaco de Fénelon (1699), obra entonces muy difundida; y en un dormitorio a Cibeles en un carro tirado por un león con cabeza humana (¡).

15. Barcelona. Iniciamos nuestro recorrido en la ciudad condal por la misma Rambla: al principio, a mano izquierda, en la calle Canuda, hallamos lo que hoy es el Ateneo Barcelonés, edificio del finales del siglo XVIII, como los que veremos en esta zona; El Vigatá pinta igualmente sus techos con divinidades que simbolizan la agricultura, la ciencia o el comercio, con una Diana cazadora, con una Venus y Marte y con otra escena que acaba de descubrirse y estamos intentando identificar; otro techo, La Aurora y las Horas, de gran belleza, es obra de otro pintor posterior. Unos números más abajo se encuentra el Palacio Moja, que fue adquirido en 1870 por Antonio López y López, primer marqués de Comillas, que se enriqueció en Cuba; destaca el gran salón, escenario de una intensa vida social, cuyo techo, de El Vigatá, parece aludir a las cuatro estaciones a través de divinidades; el dormitorio alberga La Noche y la escalera a personificaciones de los elementos, como Poseidón para el agua. Ya frente al puerto, en una zona privilegiada, encontramos dos edificios de corte neoclásico, también del último cuarto del XVIII: la Lonja y la Duana Nova. En la primera, en la planta noble, hay cuatro techos pintados por Pere Pau Montanya a principios del XIX, alusivos al poder de la monarquiía, al comercio y la industria, entreverados de dioses; en la última planta tiene su sede la Real Academia de Bellas Artes de San Jorge, que, además de algunos cuadro mitológicos, acoge una amplia exhibición de esculturas mitológicas (algunas copias en yeso), realizadas en su mayoría por Damià Campeny, cuyo estilo nos recuerda al italiano Cánova; impresiona su Lucrecia moribunda en mármol. La Duana Nova, hoy sede de la Delegación del Gobierno en Cataluña, conserva pinturas al fresco en techo y paredes de cuatro salas, que constituyen una auténtica lección de historia de España (desde sus orígenes míticos hasta la época moderna) y de la antigua Grecia; destacamos La contienda de Áyax y Ulises sobre las armas de Aquiles y Diana y Endimión. Al norte de la ciudad hallamos un excepcional conjunto de jardines y esculturas de estilo neoclásico, denominado El laberinto de Horta, que perteneció a la familia Desvalls; está estructurado en varios niveles y contiene numerosas esculturas y relieves mitológicos: Teseo y Ariadna entregándole el hilo (a la entrada del propio laberinto), El rapto de Europa, El rapto de Anfitrite, Deucalión y Pirra, dos templetes circulares con Dánae y Ariadna y, en el último nivel, un pabellón cuyo interior está decorado con un friso de la Musas en compañía de Mnemósine y Apolo, bastante deteriorado. Barcelona cuenta también con un palacio de principios del siglo XX, el Palacio de Pedralbes, que alberga mitología; construido como morada permanente para los reyes en sus visitas a la ciudad, hoy es sede del Museo de Artes Decorativas; las pinturas, obras de El Vigatá en su mayoría, fueron traídas de otra casa barcelonesa, hoy destruida; en la planta baja hallamos a las divinidades atmosféricas Fósforo (despacho de Alfonso XIII) y Aurora (despacho de Victoria Eugenia), y en los dormitorios a Venus, Júpiter y Juno, Diana cazadora y Venus y Anquises (tema inédito en nuestra pintura)

Finalizamos aquí nuestra ruta, que ha procurado poner de manifiesto la riqueza artística y mitológica de los palacios de España. Nos conformaríamos con que se haya sentido como nuestro lo que es un patrimonio universal, la mitología griega.


N.B.
Este artículo está publicado en la revista Hesperia. Culturas del Mediterráneo, 2008

martes, 26 de junio de 2007

Psiquiatría y experimentación

El 23 de abril de 1967 el gobierno de Canadá prohibe el uso del LSD, incluso para fines científicos. Abram Hoffer (1917) y su equipo de Saskatchewan se ve obligado a parar sus investigaciones sobre el uso de esta sustancia en psiquiatría (que tan buenos resultados había dado con alcohólicos graves). Otros investigadores, como Humphry Osmond, tampoco pudieron seguir.
Unos meses antes el gobierno de Lindon Johnson había prohibido la sustancia en EEUU generando el mismo parón de la investigación médica.
¿Cuándo retomaremos este camino bloqueado? El uso del LSD y otras sustancias por la gran masa de la población llevó a una reacción histérica del gobierno que liquidó una investigación prometedora.... no sería hora de volver las cosas al punto donde fueron abandonadas. Quizá el siglo XXI esté mejor preparado para esta clase de investigaciones.

lunes, 18 de junio de 2007

FILOSOFÍA Y SABIDURÍA DE ORIENTE A OCCIDENTE

1. El servicio filosófico

Comencemos, sin más trámite, con una pregunta incómoda: ¿para qué sirve la filosofía? Una interrogante así no podría dejar de formularse en estos tiempos en los que precisamente la filosofía tiene que luchar cada día y en todos los frentes para defender su simple derecho a la existencia. Vivimos en un mundo regido por la idea de que las cosas -y las gentes- inútiles no tienen-o no deberían te-ner- cabida entre nosotros. Vivimos, o intentamos vivir, en el reino de la fun-cionalidad, en el reino de la eficiencia. Intentamos hacer de nuestras vidas algo productivo. Si no es útil, ¿qué sentido tiene permitir su existencia? Si no nos hace la vida más fácil, o más segura, o más divertida, o más cómoda, o más rentable, ¿quién, en su sano juicio, podría dedicarle un minuto de su propia vida? Nuestro mundo reposa por entero en la tranquila identidad de lo bueno, lo legítimo y lo útil. Lo inútil es una carga, un peso muerto. Algo ante lo cual es preciso perma-necer alerta y de lo que es necesario desembarazarse una y otra vez.
La filosofía, si ha de ser una ocupación legítima, deberá decirnos, para empezar, cuál es el servicio que nos presta. ¿Simplifica la existencia, la resuelve, la hace más llevadera? ¿Nos proporciona información valiosa sobre el universo y sobre nosotros mismos? ¿Ayuda a eliminar carencias, a satisfacer necesidades, a combatir aquello que nos amenaza, a vencer nuestras debilidades? ¿Nos prolonga la vida, nos aporta nuevas fuerzas, nos hace mejores?
Lo más fácil, para alguien que dedica buena parte de su tiempo a la filo-sofía, o que vive y come de ella, sería contestar afirmativamente a algunas o a todas estas preguntas - y a otras más. No dudaré un instante en que tal cosa sea posible. De hecho, es algo que encontraremos en casi todos los discursos que intentan justificar la presencia de las disciplinas filosóficas en el mapa de la cultu-ra en general y de los saberes universitarios en particular. Saber en qué ayuda la filosofía dentro de un mundo como el que nos ha tocado en suerte vivir no es en absoluto un saber inútil. Pero es más que probable que justificar su existencia y determinar su necesidad sean dos cosas muy distintas.
Quizá escandalizará conocer la verdadera respuesta, la única decente: la filosofía tiene, desde luego, pleno derecho a la existencia - pero justamente porque no sirve para nada. La dignidad y la prenda más alta de la filosofía consis-te en que no es útil, no es medio o instrumento para alcanzar fin alguno. El pen-samiento no funciona si de lo único que se trata es de plantear y resolver problemas o de diagnosticar y solucionar conflictos. A pesar de haberla engendrado, la filosofía no es lo mismo que la ciencia. Y, a pesar de su innegable parentesco, tampoco deberíamos confundirla con la religión. El pensamiento es, por el contrario, aquello que ningún saber podría aplacar y ningún poder lograría poner del todo a su servicio. La imposibilidad de que la filosofía sirva y se someta a algo diferente de ella misma es lo que real y efectivamente la vuelve -o la conserva- interesante. Pero vayamos por partes.
La filosofía es una invención relativamente moderna, dicho sea esto a pesar de que todos sabemos que tiene unos venerables veinticinco siglos de histo-ria. Es moderna no por su edad, sino por el sueño que la vio y la hizo nacer. Ese sueño, en el mundo técnico, se encuentra práctica y materialmente realizado. Posiblemente sea el sueño de todos los hombres en todas las circunstancias de su historia: en suma, es el sueño de vencer a la muerte. Ganarle el paso al paso del tiempo. La filosofía ha nacido -y acaso nace todos los días- con esa idea fija en mente.
Sócrates, verdadero inventor del género, decía con todas sus letras que le importaba bastante poco morir: la filosofía le había enseñado a no temer a la muerte - porque la filosofía consistía precisamente en saber que sólo muere la parte mortal de cada uno de nosotros; a saber: el cuerpo. La filosofía fue inventa-da para hacer del cuerpo -de lo mortal- una especie de accesorio, un instru-mento prescindible, un útil que podría ser desechado en el momento en que ya no daba servicio. ¿Qué filósofo que se precie puede sentir miedo ante la extinción de su parte más despreciable? ¿Qué otro servicio podría aportar la filosofía al hom-bre común además de esta docta resignación ante la caducidad de todas las cosas que encontramos en la vida - de todas las cosas que pasan?
Que pasan como una exhalación. La filosofía es un saber, pero un saber que sólo puede ocuparse de lo que es. El "ser", tal es el grandioso y nada inútil invento de la filosofía. No está nada claro qué sea eso del "ser", del "ser" así, en general; por lo pronto, tomemos nota de que lo que la filosofía quería, en su acta de bautismo, era prepararnos para la muerte. El "ser" se inventa en el mismo movimiento en que debe ser inventado algo que no muere con la descomposición del cuerpo. Por ello, el "ser" aparece al mismo tiempo que el alma. Tampoco sabemos bien a bien qué sea eso del "alma", pero bástenos imaginar a un cuerpo: todo aquello que el cuerpo no es, eso es el "alma". Nada más.
Y nada menos. Si el alma se construye negando minuciosamente todo lo que el cuerpo es, con el ser pasa lo mismo: se construye (filosóficamente) negan-do con minuciosidad -y encono- todo lo que el pasar es. El servicio de la filosofía no es, no ha sido, en absoluto, algo insignificante. Nos ha proporcionado una seguridad, un abrigo, una esperanza, una verdad. A fin de cuentas, nos ha premiado con el bien más preciado: con la verdad una.
¿Qué verdad? ¿En qué consiste ese gran servicio de la filosofía? Hela aquí: que nuestras pequeñas verdades -las que nos regalan los sentidos, las que nos vamos construyendo poco a poco en una vida que nos pasa como una exhala-ción- son mentiras. La verdad que, de principio a fin, nos ofrece la filosofía es que sólo lo eterno es verdad. ¿Y qué es lo eterno? No está nada claro. Pero con-formémonos con imaginar el paso del tiempo: todo aquello que el paso del tiem-po no es, eso es lo eterno.
¡Vaya si me estoy contradiciendo! En un comienzo dije que lo más inte-resante de la filosofía era que no servía para nada; ahora digo que el invento más importante de la filosofía -es decir: el Ser, el Alma, la Verdad, lo Eterno- es el invento más útil entre todos los que el ingenio humano ha alumbrado en este mundo. El más útil porque gracias a él todo en la vida aparece como algo que podría ser utilizado, que podría servirnos de algo.
La filosofía se nos presenta así como la verdadera matriz de todo saber, de toda técnica, de toda moral, de toda cultura. Al menos, de la nuestra. ¿Cómo sostener entonces que lo más interesante de la filosofía es que no sirve para nada?
La contradicción no es aparente: es real, y ningún artificio retórico nos salvaría de caer en ella. La contradicción pertenece a la filosofía. Al inventar lo contrario de lo que es -de lo que pasa-, ¿podría la filosofía haber escapado a su destino? Un destino que consiste en permanecer en el umbral de la vida - imaginando una vida verdadera sobrepuesta y contrapuesta a esta vida. La filoso-fía ha intentado cicatrizar la llaga - pero para hacerlo ha de hundirse y profundi-zar la herida que ella misma es.
La utilidad de la filosofía tiene que ver con la invención de este lugar desde el cual la vida en su fugacidad y en su irremisión podría ser juzgada. Es la invención de un no-lugar y de un no-tiempo. La gran filosofía ha ido roturando ese territorio a salvo de la descomposición y la caducidad y edificando en él sus fortalezas. En tal sentido, la filosofía sirve para lo mismo que la cultura en gene-ral: para sobreponerse a la muerte, al sufrimiento y al temblor de los individuos. Podemos imaginar a la cultura como un monumento levantado sobre las lápidas - y como un altar en el cual se bendice la interminable extinción de cada uno de los seres humanos.
¿Es esto todo? ¿Es la cultura -la filosofía- una mera negación -imaginaria- de nuestra mortalidad? ¿Es esa su principal función, su utilidad esencial? ¿En qué se distinguiría entonces de la religión, o de la técnica?


2. De cultos, cultivos y culturas

El mundo del rocío
sólo es rocío, sin embargo,
sin embargo...

Issa Kobayashi

Para responder estas interrogantes, repasemos rápidamente qué son las culturas. En esencia, son modos de habérselas con lo desconocido, modos de gestionar -y contabilizar- lo indisponible. La cultura es una estrategia de control, una forma de hacer habitable, aprovechable y comunicable un entorno - la forma general de domesticar una alteridad. Se trata, en el fondo, de poner lo no humano al servicio de lo humano. Para ello, cada cultura establece pactos y sacrificios, y genera e impone múltiples regulaciones. En consecuencia, "cultura" es -a la vez- un culto y un cultivo. Ellas son una red de preceptos y prohibiciones, un entramado de hábitos y cursos de acción. Y de las diversas formas que adopte esta relación con lo desconocido podrán distinguirse y caracterizarse las formas esenciales de una cultura.
Quizá no sea posible reconocer lo propio de una cultura o de una civili-zación como la Occidental sin remitirse a lo que ella no es, sin reconocer las opciones que ella misma, en su historia, ha ido adoptando y desechando. Lo pro-pio sólo aparece en el contraste, en el trasluz de lo ajeno. Para el caso, la identi-dad de Occidente se mide por la distancia interpuesta con respecto al "mundo primitivo" y al "mundo oriental" - denominaciones ambas que sólo dan fe de un gesto -típicamente occidental- de repudio y de falsa superioridad. ¿Porqué Occidente se recorta por encima de ese fondo de sociedades sin Estado y de so-ciedades históricamente estacionarias? ¿Qué es lo que Occidente ha rechazado y qué es lo que ha abrazado para fundarse a sí mismo en su identidad-y-diferencia?
Para acercarnos a una respuesta inicial, permítanme comparar, breve-mente, tres "filosofías" que son tres modos fundamentalmente distintos de rela-cionarnos con el mundo.
Preguntémonos, por principio, qué es la sabiduría. ¿Es lo mismo que la religión y la filosofía? Los grandes sistemas de pensamiento que han ido mol-deando la autoconciencia de un pueblo como el chino difícilmente podrían coin-cidir con semejantes denominaciones. El confucianismo no es ni una religión ni una filosofía, sino un sistema de preceptos para la acción: una ética. El taoísmo y el budismo tampoco pueden ser reducidos al talle de lo que en Occidente se en-tiende por religión. Ambos son caminos de autoconciencia, métodos de perfec-cionamiento espiritual. No hay en ellos rasgo alguno de divinización de los pode-res y las fuerzas. Taoísmo y budismo son estrategias de autoconocimiento, no sistemas de creencias . Así, mientras que el confucianismo es una ética para el Estado, el taoísmo es una sabiduría de uso individual. Andando el tiempo, el budismo sabrá extraer de ambos sistemas los ingredientes necesarios para encon-trar y proponer una vía de mediación.
Por otra parte, concebirlos en cuanto filosofías resulta igualmente forza-do. No es suficiente señalar su carácter sistemático-racional, o su ascenso hacia formulaciones cada vez más abstractas y de índole omniinclusiva, para empare-jarlos con lo que desde Grecia se reconoce como filosofía. La diferencia no atañe a las características externas del discurso, sino a sus presupuestos básicos. O, para decirlo con Brice Parain, la diferencia concierne a la naturaleza de la apuesta que en uno y otro caso se pone en juego.
La filosofía emerge del fondo mitológico en un movimiento que remeda el emerger de lo humano del fondo de la naturaleza. Es, en rigor, una confianza, una voluntad, una autonomía: una separación. La filosofía (griega) nace en el útero de la mitología, y lo hace de manera independiente de -o antagónica a- la sabiduría de la India o de China. La diferencia esencial remite a esta seguridad: los griegos apuestan a "vencer a la vida con el razonamiento" . La filosofía apuesta -ya que nada lo garantiza- por la exacta correspondencia de las pala-bras con las cosas, del pensar con el ser. La apuesta griega consiste en creer que la inteligencia es capaz de resolver todos los enigmas. "La audacia era afirmar", dice Parain, "que era posible el acuerdo entre el lenguaje y lo real, a través de palabras quizá irreales" .
En la sabiduría de China y de la India nunca se jugó semejante apuesta. Venció otra cosa, la desconfianza en el poder del pensamiento para concebir, justificar o regir la existencia. Lo esencial, para esas culturas, no consiste en acordar e identificar vida y pensamiento, sino en aprender a liberarse de la exis-tencia. En resumen, al pensamiento asiático no le faltó un presupuesto ontológico fuerte ni, mucho menos, cierto rigor discursivo, sino "la ambición de la conquista y la apuesta metafísica" . En Oriente falta la filosofía - porque sobra la sabidu-ría.
Por lo mismo, la filosofía define a Occidente (y viceversa): una apuesta - convertida en empresa.
La sabiduría es, fundamentalmente, lo mismo que una estética: remite a un ámbito que el lenguaje -y la técnica- no pueden profanar, es decir, identifi-car y poner a su servicio. El arte no dice qué sea lo real - tan sólo puede, me-diante metáforas o insinuaciones, mediante símbolos e indicaciones, aludir a ello. La sabiduría quizá solo enseña una y otra vez lo mismo: que las cosas exceden siempre a las palabras, que la experiencia no cabe en fórmulas de buen o mal vivir. En particular, el taoísmo apunta a lo real - pero no abriga la esperanza de conquistarlo. Sólo confía en que el pensamiento termine disuelto en su silencio. Las palabras - ellas nunca alcanzan ni someten a lo real. "Una montaña" dice esta sabiduría, "es una montaña y no es una montaña". Ninguna fórmula -ni verbal ni numérica- puede tocar directamente a la esencia de lo real o influir en sus nervaduras. La sabiduría de Lao Tsé establece que "no basta trabajar para ganar el mundo".
La sabiduría del Tao excluye al Uno. Todo es dual. Los principios fuerte y débil, diurno y nocturno, paterno y materno, celeste y terrestre, forman, en su oposición complementaria, en su relatividad y dinamismo, un ciclo eterno que no conoce ni el principio ni el final. Las fuerzas no se oponen en términos morales -la luz nunca es "mejor" que la oscuridad-, y su juntura conflictiva no conoce el reposo ni el fin. El Tao no es ni el origen ni la meta: es el paso, el camino. Y es también la soledad. "La doctrina taoísta", explica Chantal Maillard, "se presenta (...) como la adversaria del confucianismo por cuanto que desprecia lo que éste aprecia: las normas sociales, la etiqueta, las costumbres; evita lo que éste procura: la erudición, el conocimiento histórico, la prevención del futuro, y niega lo que éste asume: el deber del gobierno por parte del sabio" .
El Tao es el camino de la lucidez que no se doblega ante lo necesario.
Tao designa lo que no admite signo. La estrofa LXIX del Tao Te Ching así lo manifiesta: "Hay una cosa confusamente formada/anterior al cielo y a la tierra./¡Sin sonido y sin forma!/de nada depende y permanece inalterada,/se la puede considerar el origen del mundo./Yo no conozco su nombre,/la denomino dao" . Ese Tao es un nombre que no dice aquello a lo que apunta. "El nombre que puede ser nombrado", sentencia la estrofa XLV, "no es el nombre permanen-te. Lo que no tiene nombre es el principio de todos los seres" . No hay manera de allanar el camino al misterio profundo que constituye "la llave de las transforma-ciones de los seres". La dualidad cielo/tierra es lo originario, y esta escisión es previa a todas las cosas. Es irreductible al lenguaje.
Al Ser, al Mundo "no lo piensa quien lo piensa" .
En consecuencia, el Tao es un modo de designar la ausencia de ser. No remite a un principio absoluto -y pleno- que sería el Ser, o el Bien, o Dios, o el Todo. "Entender el Tao es entrar en la oscuridad" . La apuesta de Occidente ha sido, según veíamos, la (eficaz) concordancia del lenguaje con las cosas. Necesi-ta, en consecuencia, postular la plenitud -la ocupación- del ser. Pensar la esen-cia de las cosas en términos de vacío y nulidad simplemente prohibe la posibili-dad de manipularlas. Es la exigencia, el deseo de dominar la existencia lo que rige a la filosofía (y a la religión). Y como el deseo nos mantiene atados a las manifestaciones, a los aspectos de las cosas, sólo con la suspensión del deseo es posible captar la -hueca, vacía- esencia del Tao.
La acción y el conocimiento quedan, en esta experiencia, sensiblemente debilitados en cuanto fuentes de poder o en cuanto valores. "Los conocimientos son la superficie del dao,/y el principio de la necedad" . El afán de conquista aparece en toda su inanidad. "El que actúa fracasará, el que aferra algo lo perde-rá" . Ni la actividad ni la sujeción al proyecto salvan a los hombres de su fugaci-dad. Por el contrario, el Tao los predispone a una recuperación de la simplicidad, la inocencia, la espontaneidad y la ignorancia propias de los niños. A los niños se les ha enseñado a saber, a convertir todo en un rito, a ser rectos, a ser buenos, a ser virtuosos, a ser útiles. Se les ha apartado del Tao. Se les ha moralizado.
En cuanto se desentiende de salvar al mundo, el Tao no es una moral, sino una sabiduría. Una estética.
Si, en lugar de favorecer su crecimiento, llega a hacerse más importante el ajuste de los individuos dentro de sus colectivos, la representación del mundo tenderá a moralizarse. Esto significa que el conocimiento racional coincidirá con las exigencias de la virtud. Las exigencias prácticas se rigen por una necesidad elemental de tener y mantener bajo control. Ahora bien, ¿quién puede cumplir con esta exigencia? Las pasiones son fuerzas que sólo la razón -es decir: la ley- se halla en posición de encauzar. La razón opera sobre las pasiones de diversos modos. Uno de ellos es el rito. Allí encuentran aquéllas un medio de expresión que no pone en peligro los supuestos del orden (público). De lo que se trata es de codificar las transgresiones. No hay que violentar a la naturaleza, sino regularla.
Tal es la esencia del confucianismo. Hay que pisarle la cola al tigre - acostumbrándolo a ello sin suscitar -ni permitir- su rebelión.
La inteligencia queda así reducida a la capacidad de juicio moral; en par-ticular, la distinción de lo bueno y lo malo pasa por el reconocimiento de la nece-sidad de la (auto)renuncia. Lo perfecto, en el código de Confucio, es la obedien-cia: la observancia del deber. La naturaleza humana coincide exactamente con su opuesto: la "humanidad" no es otra cosa que la negación de la naturaleza.
Esta negatividad se encuentra ciertamente emparentada con la filosofía occidental. Someter la naturaleza al proyecto -sujetar la espontaneidad del ser al mando de la ley- es, desde Grecia, uno de los rasgos definitorios de toda la empresa filosófica. Sin embargo, a Confucio le preocupa sobremanera el cambio. El orden sólo puede garantizarse en la inmovilidad absoluta, y por ello aconsejará la estricta observancia de un código en el cual cada designación conserve su nexo con la cosa designada. "Que el príncipe sea príncipe; el ministro, ministro; el padre, padre; el hijo, hijo" . La única garantía del orden es la univocidad de las designaciones - y la rectificación de los nombres. Lo cual, simple y llanamente, veda toda posibilidad de progreso. En la sistematización de Confucio, el orden es estacionario - o no será.
Se observará, al margen, que Confucio reúne en un solo código lo que en Occidente ha exigido dos instancias: una ciencia del buen gobierno (Maquiavelo, o el Estado) y un recurso a la humildad y la obediencia (Cristo, o la Iglesia) . Eso es justamente lo que Occidente reconoce como su "legado inmortal". Confu-cio es el verdadero precursor del "humanismo" . Precursor, también, de una definición política del animal humano. De lo que se trata es de que todas las leyes -las naturales y las de los hombres- coincidan en la garantía de ajuste del indi-viduo en su orden social. "Los antiguos", se lee en La Gran Ciencia, "deseando ilustrar la virtud más alta por todo el imperio, primero ordenaban bien sus propios Estados. Deseando ordenar bien sus Estados, primero regulaban sus familias bien. Anhelando armonizar bien a sus familias, primero se cultivaban bien ellos mis-mos. Deseando cultivarse a sí mismos, primero enmendaban sus corazones. De-seando enmendar sus corazones, primero trataban de ser sinceros con sus pensa-mientos. Deseando ser sinceros en sus pensamientos, primero extendían al máxi-mo sus conocimientos.
En esta extensión del conocimiento descansaba la investigación de las cosas. Investigadas las cosas, el conocimiento se completaba. Completados sus conocimientos sus pensamientos eran sinceros. Sinceros sus pensamientos, sus corazones se corregían. Rectificados sus corazones, sus personas eran cultivadas. Cultivadas éstas las familias eran reguladas, sus Estados gobernados con rectitud. Gobernados sus Estados con rectitud, todo el imperio se hallaba tranquilo y fe-liz" .
La lógica y la moral aparecen, en el confucianismo, en tierna confusión.


3. La necesidad de hacerse obedecer

Ahora abandonemos a los chinos y volvamos a ese magnífico invento griego que es la filosofía. En su núcleo, según hemos visto, se encuentra la esperanza -y la exigencia- de hacer que coincidan las palabras con las cosas. A esta coinciden-cia los griegos la pensaban bajo la palabra logos, que para nosotros viene a coin-cidir más o menos con la palabra "razón". ¿Qué es la "razón"? Permítasenos expresarlo así: la razón es un radio. Es decir: el camino más corto entre el centro y el límite. Aún hoy, la razón se deja definir como una necesidad básicamente económica: explicar el mayor número de cosas con el menor número de supues-tos y de conjeturas.
La transición del mito a la filosofía puede seguirse como este progresivo y nunca completamente alcanzado reemplazo del mundo politeísta de las fuerzas por el mundo monoteísta del principio único. La multiplicidad -el "politeísmo" mítico- es el correlato de los sentidos. La unidad -el "monoteísmo" filosófi-co- es el correlato de la razón.
Este "paso" de lo múltiple sensorial a lo único racional, ¿es un progreso o, al contrario -como sostendrá un Nietzsche-, una degeneración o un debili-tamiento de la fuerza? Este "paso" es, a la vez, el progresivo abandono de lo concreto y la correspondiente entronización de lo abstracto. ¿Con qué propósito? Fundamentalmente, para fijar la esencia de una cosa -lo que esa cosa tiene de propio- y no distraerse con sus transformaciones.
Y, ¿para qué queremos que las cosas se estén quietas? ¿Para qué se les extirpa su agitación y extravío? La respuesta parece obligada: para que, converti-das en útiles, nos puedan obedecer.
Y, ¿para qué queremos que nos obedezcan? Se dirá: para sobrevivir. Tal vez sea necesario agregar que la obediencia de las cosas, su servidumbre, tiene un efecto secundario que llega a hacerse prioritario. El dominio que mediante el saber alcanzamos sobre las cosas -y sobre las personas- puede, según se ha dicho, llegar a persuadirnos de que es posible escapar a la muerte y al dolor, que podemos encontrar un sitio a resguardo del destino.
Las dos grandes invenciones de la filosofía antigua son las ideas de ar-khé y de physis. Se refieren al principio de algo y a su actualización. En términos cibernéticos: se refieren al programa y a la posibilidad de "correrlo". El abando-no del politeísmo y su reemplazo por el monoteísmo expresa el triunfo de la vo-luntad de dominio sobre la experiencia trágica. Si se siguiera pensando en térmi-nos de "dioses", ¿cómo asegurar su obediencia? Los griegos sustituyeron a la voluntad divina por el libre juego de la fuerza - y ésta, para obedecer a la volun-tad humana, tiene que pensarse en un sentido impersonal.
En el mito, las fuerzas son plurales, pero están sacralizadas. "Todas las cosas están llenas de dioses", mantendrá el primer filósofo. En la filosofía se encuentran ya desprovistas de prohibiciones, pero todo termina concentrándose en una fuerza única, eterna, abstracta, monopólica. Una fuerza oculta. La verdad está siempre escondida (Heráclito dixit), no se halla al alcance de los sentidos. Por lo tanto, no está al alcance de cualquiera. Rechazar la verdad que captan los sentidos es también un rechazo de la capacidad del hombre común para encontrar la verdad.
Retomemos ahora, para terminar, nuestra interrogación inicial. El servi-cio de la filosofía depende de lo que esta apuesta garantiza. No podemos decir que, en el mundo actual, esta promesa esté frustrada o aparezca todavía por cum-plirse. Sólo que no ha sido la filosofía, propiamente, quien ha alcanzado semejan-te cumplimiento. Ha debido transformarse en otra cosa: ha debido cristalizar en el mundo de la ciencia, de la técnica y de la política. La promesa de la filosofía la han cumplido las ciencias.
La pregunta por la utilidad de la filosofía se transforma entonces en la pregunta por el lugar que ahora le corresponde a la filosofía.
En el mundo moderno, la pregunta por el qué cede inexorablemente su sitio al para qué. Ya no qué es, sino para qué sirve. La filosofía tiene fama de ser una ocupación inútil y hasta insensata. En el mundo circuncidado por la técnica y la política la filosofía no encuentra fácilmente su sitio. En el ruidoso mundo de la información, ¿cómo escuchar el silencio? ¿Cómo dar abrigo a la fragilidad de la palabra que huye? ¿En qué discurso se encarna la pluralidad del lenguaje? ¿Cómo decir el paso, la pérdida, la eternidad del instante?
Por una parte, vuelve a alzarse un sueño de ecumenismo. La filosofía (es decir: Occidente) debe abrirse a una síntesis con lo que ella no es: Oriente, Áfri-ca, el mundo arcaico. Síntesis de lo Mismo con (su) Otro. Promesa de reconcilia-ción, de unificación, de pacificación. "En nuestros días", se puede leer en un libro de texto, "el sueño de la razón debe apuntar hacia la búsqueda de una nueva civi-lización: la del nuevo milenio, que debiera ser la síntesis de la cultura europea con las de Asia y las de África" . Este sueño consiste en recuperar el sueño de la razón: no abandonarlo, no soñar otra cosa. Recobrar la razón: volver a la filoso-fía.
Pero, ¿es la filosofía una respuesta a preguntas nacidas fuera de ella misma, fuera del horizonte que ella, al emerger, abre al pensamiento?
La contradicción que advertíamos al principio de esta exposición reapa-rece nuevamente. Por un lado, la filosofía ha procurado servir a las necesidades de supervivencia de toda una civilización. Por otro lado, la filosofía se abre hacia todo aquello que, en lugar de garantizar la mera supervivencia, expone lo humano a lo que no puede en absoluto ser puesto a su servicio. En cuanto a lo primero, la filosofía ha cumplido; en cuanto a lo segundo, ni siquiera se trata de una promesa.
Porque no se trata (solamente) de supervivencia. El servicio que ha pres-tado la filosofía no es, según se puede concluir, nada despreciable. Pero su digni-dad, su necesidad, aparecen ya en otra parte. Aparecen justamente en su indepen-dencia respecto del mundo de la utilidad y del trabajo. La filosofía no es ya un instrumento para juzgar la vida y poner bajo nuestro control infinidad de objetos y procesos de la naturaleza. No es un medio para alcanzar la "emancipación" del género humano. No es el discurso de una verdad que se encuentra por encima de la fugacidad de la existencia. La filosofía es extraña porque se ocupa de la extra-ñeza (profunda) de todas las cosas.
Lo cual significa que la filosofía, como la cultura, es inerradicablemente equívoca. Se encuentra rajada entre la voluntad de ley y la experiencia trágica. Se encuentra atravesada por la doble exigencia de saber y de pensar. Se encuentra desgarrada entre la sabiduría y la técnica. Está partida entre la vocación de servi-cio y la soberanía absoluta. Entre la divinidad y lo demoníaco. Entre la poesía y la policía.
¿Estamos en el punto en que el servicio de la filosofía -y la filosofía del servicio- consisten en hacer dentro del mundo humano un lugar a lo que por ser no-humano podría salvarnos de nuestro propio ensimismamiento? ¿Servirá la filosofía para ayudarnos a desviar la mirada desde nuestro propio ombligo hacia todo lo que nos estamos perdiendo? ¿Será el mayor servicio del pensamiento el hacer que nos percatemos de que no todo ha de ser convertido en medio de asegu-ramiento, en garantía de dominio, en condición de sujeción? En suma, ¿dejará la filosofía de servir como estrategia maestra de domesticación de la existencia?
Pero lo más seguro es que todas estas preguntas resulten perfectamente inútiles. Acaso sólo aspiren a armarnos de paciencia, virtud de la que han hecho gala y que he de agradecer sinceramente.


Dos apéndices

a) Oriente y Occidente: la estética

¿Cuál es, por ejemplo, la estructura básica del arte en Occidente? Desde Platón y Aristóteles lo sabemos: la mímesis. Aunque no se trata de una reproducción de lo que aparece y se da a los sentidos. La mímesis platónica es la re-presentación de la Idea. Es la visibilización de lo invisible. Y en Aristóteles, el arte es la escenifi-cación no de la "realidad", sino de sus tipos inmanentes. "En definitiva," -observa a este respecto Tomonobu Imamichi- "el principio clásico del arte en Occidente es la imitación real de lo irreal, es decir, de la forma invisible contem-plada por los talentos geniales. Por consiguiente, se debe estar en posesión de dos herramientas para realizar una obra de arte: por un lado, el poder espiritual para ver la forma invisible que debe ser representada, y, por otro, una técnica poderosa para poder ser representada" . Mímesis de lo irreal que gradualmente cede el paso a la mímesis de lo real. De Teofrasto a Daguerre hay una continuidad esen-cial en la representación. Justamente, la invención de la fotografía expone al arte -en particular, a la pintura- a una profunda reconsideración. Una reconsidera-ción que termina siendo una vuelta al origen. Lo importante no es ya la imitación de lo real, sino la expresión de lo invisible: la intimidad, el pathos del artista. En resumen, el arte, en Occidente, hace sitio a eso que los sentidos apenas adivinan.
La estética oriental no es mimética. Desde su inicio, es expresiva. Por supuesto que hay imitación, pero se encuentra subordinada al principio expresivo. Oriente parte de la expresión y se aproxima a la mímesis en un trazo que invierte el movimiento del arte en Occidente. Pero deberá hacerse notar que persiste una profunda diferencia entre ambos mundos. Lo que expresa el arte de Oriente no es, como sí ocurre en Occidente, la subjetividad. El arte oriental expresa la absorción del sujeto en el todo; el arte occidental, la afirmación del sujeto frente al todo. Y lo mismo puede señalarse a propósito de la mímesis; Occidente imita no la natu-raleza, sino la acción o la figura humana en un trasfondo natural, mientras que en Oriente lo humano pasa a un segundo término: la referencia es, esencialmente, la naturaleza. La naturaleza no domada por el hombre.
En esta distinción puede seguirse bordando y filtrando la naturaleza de Occidente. La poética oriental se rige por una voluntad de fusión. "Hacerse uno con las cosas: esa es la realización, la reunificación de lo desatendido y lo disper-so. En una palabra: tomar conciencia" . Pero para alcanzar esa fusión es menes-ter no la apropiación, sino el desasimiento. La conciencia no es asegurarse o cerciorarse, sino abandonarse. Aprender, para esta estética, es ser aquello en que la conciencia se posa. Occidente concibe el saber -el aprendizaje- como un poder creciente sobre las cosas. En Oriente, la negatividad de la conciencia no se vuelca sobre las cosas, sino que se vuelve contra sí misma: "La pretensión debe dar paso al vacío, porque 'la forma es el vacío, y el vacío, la forma'" . La fusión a la que apunta la estética oriental no es la absorción del objeto en y por el sujeto, sino la disolución de semejante polaridad. Matsúo Basho define así la pintura: "Dibuja bambúes durante diez años, hazte un bambú; después olvida todo lo que sepas de bambúes mientras estás dibujando" .
Asunción de la fugacidad: y rebeldía dolorida. O también: gratitud.


b) Las puertas de Oriente

El antes de esta decisión -fundamentalmente política- que es la filosofía, ¿está en Oriente? Heidegger no ha llevado su interrogación más allá de Grecia. Llega a la Grecia anterior a la filosofía, pero no se remonta hasta el territorio de los mitos. En contraste, Max Weber amplía el campo de observación. Lo propio de Occi-dente es, según su análisis, la generalización del principio de razón como criterio decisorio en prácticamente todas las esferas de la acción social. La racionaliza-ción burocrática es el modo propio en que Occidente ejerce la dominación, dis-tinguiéndose en ello de los modos tradicionales -mágico-rituales- y carismáti-cos -profético-revolucionarios- de legitimación del dominio. Occidente es, en tal sentido, la pérdida -progresiva e inexorable- de lo sagrado. Pérdida, al menos, de su poder de verdad y de su poder de legitimación política. Occidente es el territorio en el que la razón técnica ejerce su monopolio en cuanto acceso a la verdad y en cuanto forma de dominación. En una palabra: Occidente o el desen-canto del mundo.
El Capital (monopólico), el Estado (burocrático) y la Ciencia (como téc-nica) son los núcleos que caracterizan y rigen todo el movimiento histórico de esa entidad -por otro lado sumamente proteica- que es Occidente. Triple cristali-zación económica y sociopolítica cuyo pivote (y resultado) es la subjetividad concebida en cuanto autocercioramiento. El desencanto del mundo determina, para el sujeto, una suerte de hechizamiento e hinchamiento del sí mismo. La autoconciencia -el ego cogito cartesiano- llega a ser la fuente única de toda verdad. El sujeto moderno se capta sólo a sí mismo y queda literalmente blindado contra el afuera, contra el más allá del propio límite subjetivo. Como señala Eu-genio Trías, "dominamos el mundo desde la subjetividad, pero, en compensación, somos incapaces de 'captar algo', es decir, de abrirnos a la comprensión de aque-llo que proviene de fuera de la subjetividad, de aquellos mensajes, signos, señales o portentos que proceden del 'fuego del cielo' y que no pueden ser anticipados, previstos ni programados por nuestro dominio subjetivo del mundo" . El mundo regido y hegemonizado por la voluntad de dominio excluye la gracia y la dona-ción.
Grecia es el embrague, la "bisagra" que une y separa a Oriente y a Occi-dente. La subjetividad se provee de una tekhne merced a la cual se vuelve posible dominar la inspiración -la irrupción del afuera en el adentro- y ponerla al servicio de una "causa común": de la polis. La subjetividad se provee a sí misma de un "alma" que, a partir de Sócrates, es lo primero y lo último que debemos interrogar. El saber es, esencialmente, un saberse a sí mismo. La técnica de la autoafirmación y del autocercioramiento - al servicio de la política.
Occidente es el camino de esa clausura (epistémica y política) de lo Otro del sujeto. Y de su nostalgia, también, y de sus retornos fantasmáticos. La parme-nídea identidad del ser y del pensar deja fuera justamente todo lo que el sujeto no es - que no reconoce como "suyo". Sólo es aquello que es pensable. Aquello que "es" del pensamiento. Lo Otro del sujeto (epistémico y político) ya es de él. Blindaje contra todo aquello que exceda -o impugne- al pensamiento.
Oriente, al parecer, no ha cerrado tras de sí la puerta que se abre hacia esa alteridad radical y constitutiva. El fundamento del pensar no es pensamiento: el origen del yo no soy yo. La raíz permanece oculta e inaccesible al pensamien-to. El fondo no tiene fondo: es abismo inconmensurable, abertura impenetrable, caos. Es, también, silencio. Inaccesible al entendimiento, pero expuesto al deseo. Es "lo místico". Oriente habita en esa abertura, en esa fisura que para Occidente sólo es, en el límite de su propia subjetividad y de su propio discurso, trascenden-cia pura. Lo místico es "lo propio" de Oriente, mientras que el mundo de la subje-tividad dominadora -lo propio de Occidente- es lo otro.
La dualidad Oriente-Occidente se nos aparece entonces como una pola-ridad ineliminable. ¿Podría imaginarse una mezcla de estas opciones fundamenta-les que son también distintos destinos civilizatorios? ¿No es precisamente esa (trans)fusión lo que en buena medida caracteriza a todo lo new age? El mundo de la técnica remite -incluso por razones estrictamente comerciales- al mundo donde la técnica ya no encuentra su sentido: allí donde ella ya no manda. ¿Para qué sirve la técnica si no para llevarnos de vuelta al punto (ciego) del que partió? El "tenso y difícil diálogo" entre Oriente y Occidente está ganado de antemano por Occidente: entre otras cosas, porque la idea misma de un "diálogo" obliga a Oriente a hablar en una lengua que no es la propia. El diálogo sólo es posible si se suprime el símbolo y se le reemplaza con el concepto. ¿Piensa conceptualmente el Oriente? ¿Podría Occidente retroceder en su camino hasta volver a pensar simbólicamente?
La concepción de Oriente como el territorio de inmanencia de lo sagrado ¿es, ella misma, "oriental"? Difícilmente. Oriente sólo tiene sentido como aquello que Occidente ha debido excluir y suprimir para poder ser lo que es. En este as-pecto, Hegel tenía toda la razón: Oriente subsiste en Occidente sólo como mo-mento recordado y superado. La razón no puede "retornar" hacia ello para alcan-zar otro estatuto. ¿Querría volver al símbolo para hacerse "más racional"? ¿Que-rría hacerlo para dejar de ser razón y hundirse en el mito? ¿Qué clase de "co-nexión" puede haber entre la ratio Occidental y la mystos Oriental que no desem-boque en la sublime patraña de la new age o, a lo hippie, en nuevas formas de superstición y cretinismo?
El "viaje a Oriente" se revela así como una reedición tardía del mito de la "infancia recuperada" o de la "eterna juventud". Un nuevo gesto del Bautista: bañarse en la fuente del origen para purificarnos del mal. Para huir de esta prisión que es la profanación del mundo. Para "volver a Dios". Si Occidente es la tierra del exilio, Oriente es la "patria" original de la humanidad. "El hombre que vive el exilio occidental", continúa Trías, "poseído por el ala tenebrosa del ángel, debe encontrar el rastro celestial de ese otro lado de sí, de ese doble 'angélico' de sí mismo que es el ala luminosa, la que orienta esa Quête, esa búsqueda espiritual de dirección a la patria oriental" . ¿Puede la filosofía, sin dejar de serlo, recobrar esa lengua primordial, ese "oriente" que es nuestro verdadero patrimonio en cuanto humanidad, esa inmanencia de lo sagrado que para nosotros los occidenta-les sólo es trascendencia y separación?
Advirtamos que esta recuperación del Oriente perdido es una recupera-ción de Occidente - y para él. El mismo sueño cristiano-hegeliano de la reconci-liación -espiritual- de los fragmentos. El logos apofántico de los griegos ha revelado sus insuficiencias. Y por ello es preciso volver sobre nuestros pasos y re-instaurar el diálogo-recuperación de Oriente merced a lo que Eugenio Trías bautiza como un logos simbólico. ¿Más allá de la técnica, en el antes de la filoso-fía y la política? Escasamente. El diálogo de Oriente y Occidente, así concebido, sigue siendo política y sigue obedeciendo a la voluntad de dominio. Se sigue apostando por la conjunción: la "y" copulativa presupone la posibilidad de la fusión y el traspaso -sin restos- de contenidos. Presupone y persigue la univer-salización de esos contenidos - es decir, permanece en la órbita ecuménica de Occidente, en su voluntad de reducir el ser al tamaño del logos .

SERGIO ESPINOSA PROA
sproa52@hotmail.com